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El reloj



El reloj

Lo que voy a contar a continuación me sucedió un lunes 11 de noviembre, hace varios años. Por aquel entonces, estudiaba yo en la Universidad de La Plata y alquilaba, junto a un amigo, un pequeño departamento en el quinto piso.
Todo comenzó a la tarde, cuando a último momento, Marcos me avisó que no iría a La Plata sino hasta el martes. Aquel mensaje de texto me puso de buen humor, pues en épocas de finales, nada mejor que estar solo para estudiar sin ser molestado por otra presencia. Sin embargo, no pude estudiar más, estaba saturado, estresado y nervioso. Cabe aclarar que venía estudiando hacía varios días. Decidí que lo mejor sería distraerme un poco. Afuera llovía torrencialmente. Prendí un rato la televisión mientras me tomaba unos mates. Cuando quise darme cuenta, ya era tarde, me había enganchado perdidamente con una película de terror que insólitamente daban a la tarde. Siempre fui asustadizo (por no decir cagón) con el género, pero también creo que las películas de miedo provocan cierto masoquismo en quien las sufre, pero que por alguna razón fuera de mi entendimiento no puede dejar de verlas.
Cuando la terminé de ver me arrepentí mucho por no haber cambiado de canal. Lo hecho, hecho está. Traté de quitarme las imágenes horrorosas de espíritus y casas poseídas con un poco de música. Empezaron a sonar The Doors. Me tranquilicé, aunque su música no fuese particularmente alegre. Sólo necesitaba distracción.
Casi sin darme cuenta, cayó la noche. Ya no estaba asustado, cené tranquilo y luego me acosté a leer. Pero los problemas comenzaron cuando apagué la luz. Allí yacía yo, acostado en la penumbra, rodeado de un silencio pesado pero repleto de ruidos en mi cabeza. Automáticamente vinieron a mí las escenas de la película y sus diálogos traumáticos. Como tratando de inyectar anticuerpos en mi mente, me puse a contar ovejas, a repasar lo que había estudiado, a pensar en personas, en la mar en coche y nuevamente vino la calma, que pareciera haber ganado la lucha dentro de mí. Bostecé. Ya venía el sueño, nada de qué preocuparse, al otro día vendría Marcos, de a poco olvidaría la fatídica película y asunto terminado. Dormité unas horas, pero cuando me moví para cambiar de posición escuché un tic-tac, un sonido que de pronto irrumpía en la habitación. El reloj. Jamás en todos aquellos años había prestado atención al ruido de las agujas al avanzar de segundo en segundo. Pero el reloj siempre había estado allí colgado en la pared pese a mi indiferencia, y sus agujas giraban y giraban en todo momento en mis horas de sueño. ¿Por qué ahora me molestaban? De golpe mi corazón comenzó a retumbar en mi pecho y lo escuché justo en el instante en que las agujas del reloj callaban efímeramente. Vaya ritmo: tum-tum, tic-tac. En la película sucedía algo todas las noches: el reloj se detenía a las 3 AM. Según contaba la historia, porque era la hora en que aparecían los espíritus.
Me destapé rápidamente, encendí la luz y miré la hora. Faltaban más de sesenta minutos para las 3. Desesperé y mi cabeza empezó su maquiavélica paranoia: tengo que dormirme antes de las 3, no vaya a ser cosa que esté despierto y el reloj se detenga. Sería terrible, ¿Qué haría en el hipotético caso en que un espíritu me visitara? Saldría corriendo a la calle…. ¿Y luego? Quizá lo mejor sea sacarle las pilas al reloj, pero de esa manera jamás sabré qué pasó realmente a las 3 y también sería rendirme ante un hecho que es poco probable que suceda. Eso queda descartado. Tengo que enfrentar la situación. Lo mejor va a ser tomar un vaso con agua e intentar dormir y a la mañana saber si el reloj siguió su curso o se detuvo.
Todo aquello se cruzó por mi mente en sólo unos segundos. Seguí el plan. Luego de beber agua, apagué la luz y me tapé acostado en la cama nuevamente. El corazón no cedía el ritmo de sus pulsaciones. Me acaloré, así que me destapé. Pero me sentí instantáneamente desprotegido (cómo se miente uno, como si la frazada fuese un escudo protector) y me volví a cubrir. Transpiraba al ritmo que me repetía “dormite, dormite”; pero sabido es que cuanto más jodés al sueño para que venga, menos viene. En ningún momento de aquella interminable noche pude razonar coherentemente. Jamás pensé en todas las lunas que había pasado solo y nada había sucedido con el reloj. Ni tampoco en las noches venideras que tendría que pasar el resto de mi vida. no, todo se resumía a aquel presente nervioso y pensaba que, con mis pensamientos, había invocado la posibilidad de que el espíritu me escuchase y viniera.
De más está decir que no concilié el sueño. Qué alguien me dé un mazazo en la cabeza. ¿Por qué no tengo un puto somnífero? Con la luz encendida tenía menos miedo. Me senté en la cama y me quedé contemplando el bendito reloj.  Tic-tac. Quedaban diez minutos para las 3. si lograba superar la situación…¡Qué tranquilo dormiría! Pero estaba negado, presentía que se iba a detener. Tic-tac. Cinco minutos. Las manos mojadas, las paredes parecían acercarse a mí para aplastarme, el aire estaba caliente. Quise pararme para abrir una ventana pero ya era demasiado tarde. El reloj marcaba las 3.
Y entonces nada, las agujas seguían su curso normalmente. Respiré hondo. Calma. Pero aún no eran las 3 y un minuto cuando el reloj se detuvo. Se me nubló la vista, entré en pánico. Para mí el mundo entero había dejado de girar. Traté de ponerme de pie para arrojar el reloj por el balcón pero perdí el eje y me desplomé medio desolado medio aliviado. Sentí el golpe en la nuca.
Marcos siguió viviendo varios años más en ese departamento. Yo no, sólo lo visito de vez en cuando. La primera vez que lo hice hablamos sobre lo que pasó aquella noche de noviembre.
_ Pero Marcos, el reloj se detuvo a las 3. Yo lo vi.
_ Sí, es que se quedó sin pilas. Las probé en el control remoto de la tele y tampoco funcionaba.
_ Menuda coincidencia fatal. – le respondí aquella noche de visita a las 3 de la mañana.  

18:55

Nuevo cuento. Hacía mucho que no subía uno nuevo ^^




18:55

“Ese árbol da limones perfectos.”
Caía un aguacero feroz sobre la granja de Ulises Balaguer cuando despertó de una de sus rutinarias siestas.  Echó un par de bostezos y se levantó mientras estiraba un poco los brazos y oía los truenos que rugían afuera de la casa. Se colocó las pantuflas y caminó despacio hacia la cocina arrastrando los pies y quejándose por no haber encerado el piso de madera. Apagó la radio que había quedado encendida desde la mañana cuando Estrepitoso comenzó a rascar la puerta porque se estaba mojando y sus aullidos enternecieron el corazón de Ulises que decidió abrirle. El animal, muerto de felicidad, comenzó a secarse como lo hacen los perros, acción que irritó a Ulises y decidió ayudarlo con una toalla.
_ Mirá que no me esperaba esta tormenta, Estrepitoso, y yo sé mucho de clima. – balbuceaba mientras el animal se quedaba quietito al pasarle la toalla. Era raza perro, de tamaño mediano, color negro con una franja blanca en el hocico.
Una vez secada su mascota, preparó el mate. Tenía muchas cosas que hacer, pero con aquella lluvia no tenía pensado siquiera asomar la nariz afuera de la ventana. Lo primero que pensó fue en preparar una buena cena para su perro y él y, mientras, leer un poco de Hemingway, pero todavía era temprano. Estrepitoso fue el sucesor de su siesta, se acurrucó como una bola en el sillón de cuero que tantas generaciones había vivido y se durmió plácidamente, aunque de vez en cuando sus orejas se movían al compás de los truenos. Mientras contemplaba al perro y tomaba mates se puso a pensar en aquel sueño que había tenido esa tarde. Algunas partes se le habían borrado de la memoria, pero otras las tenía presentes, como aquella frase que Modesto le dijo antes de despertar. Se preguntó si aquello tenía algún sentido y si Modesto realmente existía o solo fue una persona inventada por su inconsciente. La realidad es que le parecía poco creíble que alguien pudiese llamarse así, pero no lo descartó, con la vejez había perdido bastante capacidad de retener información.
Afuera el cielo estaba negro y parecía de noche.
Cuando se paró a cambiar la yerba recordó abruptamente gran parte de su sueño. El shock fue tan grande que exhaló aire ferozmente provocando que  Estrepitoso se despertase y quedase mirándolo sin entender.  “Buscalo aunque llueva, es la clave”. Eso fue lo que más le dio vueltas en la cabeza. Así que cambió rápidamente de parecer y sin importarle agarrarse una jodida gripe se calzó sus botas para el barro, su impermeable y salió a pesar de la tempestad. A su fiel compañero no le molestó mojarse por segunda vez en el día.
_ Cuando regresemos te preparo una rica cena, Estrepitoso. El canino no comprendió sus palabras pero movió la cola y ladró como asintiendo.
Perro y dueño se adentraron por un camino enlodado. Lo más probable es que si Estrepitoso hablase le hubiera preguntado “Patrón, ¿Adónde vamos?”, aún así lo siguió pues con determinación de encontrar su destino o no, Estrepitoso seguiría a Ulises así fuese al mismo infierno. Llegaron al pequeño establo y allí Ulises ensilló a Jesica, su yegua, un hermoso corcel color blanco como una nube. Necesitaba ir más rápido, no porque tuviese un límite de tiempo, sino porque estaba ansioso.
A Estrepitoso le resultó complicado seguir las zancadas de Jesica, aún así procuró no perder de vista a su amo y seguirlo a su ritmo. Las gotas frías golpeaban la cara y el cuerpo de Ulises, a veces le resultaba difícil la visión, pero tenía que encontrar ese limonero. Jamás en sus setenta años de vida había hecho caso a un simple sueño, pero ese era especial, había sido tan real que cuando Ulises lo recordó no pudo sino actuar aunque pareciera una estupidez lo que estaba haciendo. Si al final de cuentas no encontraba el árbol resplandeciente de limones perfectos lo mandaría a la mierda y volvería a su casa a tomar un mate calentito, pero, por lo pronto, necesitaba intentar la búsqueda.  Mientras cabalgaba a buen ritmo atravesando la tempestad recordó a qué hora se haría de noche, “el almanaque de esta mañana decía: El sol se pone a las 18:55”. No llevaba reloj consigo pero sabía que no faltaba mucho para que anocheciera, además el clima ayudaba a que todo estuviese más oscuro. La pobre Jesica comenzaba a manchar su virgen color blanco, Ulises prometió darle una buena lavada cuando regresaran.
Transcurridos unos cuantos minutos se sintió muy orgulloso de sí mismo por haber hecho caso a su sueño. A la distancia pudo divisar a Modesto erguido sobre un caballo negro azabache. Aceleró el paso para encontrarse con él cuanto antes. La lluvia se convirtió en llovizna cuando Ulises frenó su yegua frente a Modesto, al rato llegó también Estrepitoso con la lengua colgando como una prenda puesta  a secar.
_ Verá Don Modesto, anoche soñé con usted y sentí que tenía que buscarlo. Pensará que soy un viejo loco.
_ Nada de eso Ulises. – replicó Modesto. Era un hombre de modales refinados, de buen temple físico y parecía muy seguro de lo que hacía (pese a estar parado en medio del campo un día como ese). – Verá que yo sabía que nos encontraríamos aquí.
Trataron de ponerse al día. Modesto ya sabía del limonero y, más que un hombre desorientado por sus sueños como era Ulises, parecía una especie de guía.
Cuando comenzaron a cabalgar, la lluvia ya había menguado y el camino se hizo un poco más transitable. Resulta irónico hablar de “camino” teniendo en cuenta que Ulises no tenía idea hacia dónde se dirigía. Algunos rayos de un sol que comenzaba a dormirse alumbraron el horizonte iluminando un paisaje natural hermoso, los árboles que iban perdiendo de vista con el andar dejaban caer de sus hojas gotas cristalinas, el césped aún mojado brillaba como si estuviese encerado y a lo lejos en el cielo podía divisarse un arcoiris magnífico. Entonces, en un momento dado, Estrepitoso comenzó a ladrar y dar volteretas, Jesica hizo un leve relincho y Ulises Balaguer agradeció a dios tener el sentido del olfato intacto, pues de aquel limonero resplandeciente, que no parecía haber sido atacado por la tormenta, se podía percibir un aroma a fruta y naturaleza que invadió el aire y las narices de los allí presentes. Estaba bastante escondido, camuflado entre otros árboles.
Modesto se bajó de su caballo y arrancó una hoja del árbol, acto siguiente la olió y suspiró.
Ulises también descabalgó de Jesica y caminó rumbo al limonero. Fue entonces cuando, a medida que avanzaba, sintió una y otra vez ese shock que lo había acusado un rato antes en la casa. La diferencia fue que esta vez fueron más poderosos, tanto que su entorno comenzó a remolinarse como una tempera que es revuelta por un dedo. Modesto permaneció siempre impasible, sabiendo todo lo que estaba sucediendo y fue su última imagen lo que Ulises vio antes de desmayarse en un mar de recuerdos.
Tenía doce años, octubre, sus pequeños brazos abrazaban fuertemente la cintura de su madre que cabalgaba a un ritmo veloz. La escuchaba gritar de alegría “Vamos Jesica, quiero que el viento me dé en la cara” y él sonreía al ver como aumentaban el ritmo, pese a que por dentro estaba bastante asustado por el vértigo. Atravesaron un buen tramo del campo con rapidez hasta que llegaron a un lugar que su mamá consideró propicio para descansar.
_ Acá vamos a plantar el limonero, Ulises. – le dijo ella con esa sonrisa optimista que Ulises recordaría hasta sus setenta años de vida.
Él se contagio de esa felicidad y ayudó a su mamá a cavar un pequeño pozo. Cuando terminaron se quedaron un buen rato sentados en el pasto observando el arbolito.
_ En unos años crecerá y dará limones perfectos. – le afirmó ella.
Al regresar a la casa le contó todo lo que había hecho a su padre que los estaba esperando con una cena deliciosa. Él era feliz.
Pero la trágica muerte de su madre hizo que Ulises olvidara para siempre el limonero. Era una mañana de junio cuando se enteró que tenía un tumor maligno en la cabeza. Los tratamientos fueron largos y estresantes, su padre solía llevarla hasta el hospital de la ciudad y lo dejaba a cargo, de tan joven, de todo el campo. Así pasó varias tardes de aburrimiento y desolación, de anhelo de montar sobre Jesica junto a su madre y que el viento extirpase su enfermedad. Pero eso jamás sucedió y ella murió meses más tarde. Para cuando la adolescencia le daba la bienvenida se descubrió como un muchacho triste que vivía sólo con su padre en medio de la naturaleza.
Quién no pudo superar jamás la muerte de su madre fue Jesica, la yegua fue encontrada muerta por Ulises semanas después. Jamás trataron de buscar una causa a su muerte, pues era obvio que había muerto de tristeza.
Cierta tarde de primavera, cuando regresaban del campo en la vieja camioneta roja de su padre, encontraron un perro cachorro al costado del camino de tierra. Estaba abandonado a su suerte, necesitaba leche o moriría. Ulises, ya convertido en un hombre adulto, no dudó en pedirle a su padre que frenara la chata. Aquella pulguita negra con una manchita blanca removió todo su interior con solo levantarlo. Estaba totalmente decidido a criarlo. Fue su padre quien decidió que el perro se llamase Estrepitoso. El fallo fue tomado cuando el perro se ganó dicho nombre tras arruinar todos los cordones de las zapatillas, hacer pis donde le diera la gana y cortar el más armonioso silencio con sus ladridos agudos. Sin embargo, el animal trajo felicidad a esas dos personas.
Pero lo trágico no habría de acabar aún. Pasado aproximadamente un año de encontrar a Estrepitoso, Ulises se encontraba leyendo en una cama paraguaya a la sombra de un árbol cuando vio cruzar la tranquera un auto de la policía. El oficial le preguntó si la descripción de la camioneta y la patente coincidían con la de su padre. Esa mañana habían encontrado el vehiculo en una banquina totalmente destrozado muy cerca de allí. En él fueron hallados tanto su padre como Estrepitoso… muertos. El perro solía acompañar a su padre a la ciudad a hacer las compras.
_ Al parecer sufrió un paro cardíaco mientras manejaba y perdió el control del volante.
Esas fueron las explicaciones del oficial.
El destino parecía adjudicar soledad a Ulises Balaguer. Ya abatido se rindió a una vida alejada de la sociedad y de las relaciones. Su existencia fue un resistir. Jamás pensó en el suicidio pues comprendió que, así como a sus seres queridos les había llegado Modesto, también lo haría a él. Y así fue.
Despertó sin dolor, a su alrededor calma, cielo despejado. Sus pupilas hicieron contacto con el limonero de su madre y sus frutos dorados, con la yegua Jesica y con Estrepitoso que movía la cola y daba volteretas. Sus dedos, totalmente rejuvenecidos, arrancaron un poco de pasto y luego lo dejó mecerse al viento. Logró sentarse y acariciar a su perro. Lejos, en el horizonte divisó la silueta de Modesto alejándose en su caballo negro, como un héroe que se retira de la escena tras cumplir su objetivo.
_ No fue un sueño, Modesto fue la conexión. – susurró. Luego se puso de pie, montó sobre Jesica, sonrió por primera vez tras incontables años y dijo en voz alta:
_ Vamos amigos, mamá y papá nos esperan en casa con una deliciosa cena. Apuesto que hoy no anochecerá a las 18:55.

Marina, el mar y Marea



Marina, el mar y Marea

Quedaba la mitad del ron en la botella cuando Marina empezó a cantar unos villancicos cliché de manera suave y melancólica, con voz aguda como el lejano trino de los pájaros. Ya estaba cayendo la noche, implacable y majestuosa, espantando al sol.
Marina sintió calor, era un diciembre más incandescente que los últimos que recordaba. Se levantó suavemente y, sin dejar de cantar, ocultó su embriaguez con un tonto baile mientras se acercaba lentamente a la ventana. Sus pies descalzos no hacían ruido aunque no había nadie en la casa a quien pudiese despertar. Abrió el portillo y la brisa del mar entró rápida y fugazmente en la habitación. Su fino vestido de verano ondeó en contra de su cuerpo contorneándole su hermosa figura.
A lo lejos: el mar, la playa, el pasado, las fogatas, la tragedia, el amor y el odio. Se arrepintió automáticamente de haber permitido a sus castaños ojos la vista de su penar. Cerró todo y prefirió el calor. Nuevamente el ron y los villancicos que, de pronto, se habían encontrado silenciados por sus melancólicos recuerdos. Se sentó y quemó su garganta con alcohol, tomó el lápiz negro y dibujó garabatos sin sentido en la hoja en blanco que prometía un poema. Una vez cansada de aquello, abrió el cajón que se hallaba justo encima de su regazo y sacó el antiguo revólver de su viejo.
Nueve años habían pasado desde su ida al mundo de la muerte. Marina recuerda siempre que su precisa intuición le dijo aquella mañana de febrero que algo sucedería. “el mar estaba raro”. Sintió un rumor en las olas y fue tal el miedo que ni siquiera mojó sus delicados pies en el agua. Encontró a su padre minutos después en el fresco suelo de madera del cuarto en el que yacía ahora hundida en el recuerdo. El arma estaba aún caliente, al igual que la sangre color escarlata que rodeaba al cuerpo.
Puede que jamás Marina pueda entender por qué guardó el revólver, pero lo hizo y no se dio una explicación hasta este momento en que lo sacó nuevamente de su estuche y lo sujetó con fuerza apuntando contra sí misma.
_ Puede que lo haya salvado para este momento. – dijo entonces totalmente borracha.
Pero no sintió más que antipatía y asco y en sus pupilas se marcó nuevamente la escena de nueve años atrás. Entonces lanzó el arma con fuerza contra la ventana rompiendo gran parte del vidrio de ésta y exclamó casi gritando:
_ Este camino ya se ha tomado. ¡No es el mío!
Sin embargo, era ahora inevitable la entrada del viento del mar por ese agujero en la ventana. Bebió más ron y sus mejillas se pusieron completamente coloradas.
El mar, ella estaba peleada con el mar. Por eso no quería siquiera sentir la brisa que éste le enviaba. En varias ocasiones, cuando el alcohol hervía en su sangre, solía caminar hasta la orilla e insultarlo como una loca.
Era 8 de diciembre y había que armar el arbolito de navidad. Siguió balbuceando canciones típicas y trajo el árbol junto al material para decorarlo del armario del lavadero. Lo paró y le gritó:
_ Los árboles no tienen piernas. ¿Cómo podés mantenerte tan firme?
Entonces, en un acto desesperado por derrotar al verde enemigo de plástico, lo roció con lo que quedaba de ron. Luego lo decoró irónicamente y, finalmente, lo incineró. El árbol se fue derritiendo pero algunas chispas que producían los adornos alcanzaron las cortinas y así la casa, mayormente de madera, comenzó a arder.
Marina no entró en pánico, tomó la hoja en blanco y el lápiz y se retiró del lugar. Sus blancos pies la llevaron rumbo a la playa. Mojó las suelas en el agua y se dio vuelta en vista a la casa. Era un espectáculo de chispas y colores pasionales. Sonrió.
_ Mirá cómo arde – le dijo al mar – el fuego es tu opuesto. ¡Yo soy fuego! Y nunca podrás apagarme. Marea habría disfrutado de esa fogata, me la imagino sonriendo al lado mío y componiendo un tema con su guitarra. Pero vos te la llevaste porque era poesía, mi sangre y parte de mi alma ¡Envidioso! La querías para vos puesto que las sirenas no te satisfacen. Pero Marea está acá – y se señaló el pecho – ardiendo conmigo. Nuestros nombres son un oda a vos, traidor, pero nuestras almas son un cante al fuego. Jamás podrás tenernos ni volver a tocarnos con tu sal que pretende quemar nuestras heridas. Sos inmortal, pero también inmortal será tu soledad.
Marina se sentó más tranquila y escribió todo ese discurso en el papel sobre sus piernas. Luego lo arrojó al agua y se fue caminando sin rumbo. A su izquierda: el océano; a su derecha: su casa desplomándose; al frente: su ardiente e incierto futuro.

Cuando una máscara dice más que una cara



Mi psicóloga me propuso que el comienzo de mis historias fuera durante un amanecer. Recuerdo que le mostré mi cuento favorito y éste, (confesó con su temple de profesional) le había gustado mucho, pero volviendo a confesar con su temple de profesional me dijo:
_ ¿Por qué un atardecer? ¿Por qué tanta soledad?
Y es que el relato mostraba muchos aspectos que podían describirme como persona: el ocaso como algo triste que muestra el fin de algo, la soledad como la vida de este escritor, etc. De esta manera tomé la decisión de que la trama comenzara con un alba. Durante ese período la cabeza está limpia, las ideas están algo dormidas, pero lo importante es que el alma no está aún contaminada con los problemas, con las alegrías, con las tristezas y ansiedades que el día espera a todo ser humano.
Está lloviznando y yo esperaba al sol matutino, creo que mi terapeuta tendrá algo para decirme también sobre esto. La cuestión es que me gustan las gotas, son suicidas, al contrario de mí. Pero los polos opuestos se atraen y así somos esas minúsculas y rayadas formas líquidas y yo. Caen contra mi techo y contra mi ventana, yo las contemplo anonadado, fuera de este azulado desperar, viéndolas morir o quizás sufrir una mera metamorfosis una vez que llegan a destino y se fusionan entre sí hasta que se evaporan y mueren irremediablemente; al menos en mi techo y mi ventana.
Y todo este contexto no hace más que traer a mi memoria su recuerdo. Ella era similar a esas gotas. La conocí en uno de esos carnavales que suelen festejarse en los pueblos o ciudades chicas. Llevaba puesta una máscara extraña. Era un rostro humano totalmente blanco que denotaba toda la tristeza, la angustia y la desesperación del hombre. El traje era oscuro, una túnica completamente negra y llegaba a taparle parte de la cabeza, de modo que solo era visible (y resplandecía más) la careta pálida y triste. Yo sentí miedo primeramente, ella era la única persona vestida así. Pero después fui sintiéndome atraído por ese personaje macabro que bailaba un tanto alejado de las multitudes que pasaban por aquella avenida cortada. Me bebía un trago de cerveza fresca y, cada tanto, la pispeaba de reojo para que no se me perdiera.
Junté valor, o quizás el alcohol lo juntó por mí y me dirigí a hablarle. Se encontraba de espaldas, así que le toqué suavemente el hombro y se dio vuelta. Su “rostro” hizo que los latidos de mi corazón se revelaran contra mi pecho. ¡Qué miedo pero qué intriga me daba! Sostuve el vaso de plástico más fuerte que antes y bebí un largo sorbo y, mientras ella bailoteaba mirándome, le hablé.
_ ¿Me mostrás tu cara? – le pregunté
            Ella sujetó entonces mis dos hombros con sus blancos guantes y me habló al oído. Fue entonces que descubrí que detrás de ese disfraz se escondía una mujer.
            _ Esta es mi cara. – me dijo, me soltó y luego siguió en lo que parecía un transe hipnótico que cualquier otra persona podría haber considerado baile.
            No supe qué hacer entonces, solo la miraba como quien mira una película o una obra de teatro. Estaba en un ensimismamiento poco común en mí. Al cabo de unos cuantos minutos, volvió a acercarse a mí y me dijo (siempre sujetando mis hombros como un contacto de humanidad o de credibilidad):
_ Vos, ¿Me mostrás tu cara?
Me costó comprender su pregunta, era bastante ilógica puesto que yo no llevaba ningún disfraz y mis ojos verdes, mi nariz simple y mi rojiza barba estaban a su vista. Así que no respondí nada, me limité a señalar mi rostro con el dedo índice. Ella negó llena de confianza y luego se señaló su máscara blanca y triste. Después me tomó de la mano y empezamos a caminar. Su andar era bastante apresurado, sentí el tirón que ejercía su mano sobre la mía.
Nos alejamos del corso por una calle estrecha y poco poblada. Allí cerca había un monte que es algo así como el orgullo turístico del pueblo. Muchos vienen a cazar a ese lugar. Llegamos allí y, antes de adentrarnos en la naturaleza, ella se frenó (y me frenó) y comenzó a hablarme. Esta vez sin agarrarme por los hombros, como si ya hubiera alcanzado la otra vez para tocar mi alma y mi confianza.
_ ¿Nunca has visto a gente igual que yo? – me preguntó
_ No. – respondí.
_ Oh, yo los he visto todo el tiempo. Es más, creo que vos sos igual a mí. Yo aprovecho estos carnavales para interpretarme, para interpretarte.
_ ¿Tan triste me notás? – le pregunté.
Entonces largó unas agudas carcajadas y, antes de comenzar a caminar me comentó:
_ Este rostro muestra lo que nosotros vemos.
Avanzamos por matorrales, yuyos altos y ramas que golpeaban nuestros cuerpos. Estaba bastante oscuro pero no tanto, había luna llena, así que medianamente se podía caminar.
Llegamos a un lugar donde los árboles escaseaban. Yo no lo pude creer, pero allí, iluminados por una luz que jamás supe de donde provenía, se encontraban estáticos seres totalmente iguales a ella. Cada rostro era levemente diferente, de fondo la luz hacía que el sitio tuviera un tinte azulado. Entonces la persona que me había llevado a ese lugar me soltó la mano y me dijo:
_ Yo todavía no soy parte de ellos. Necesito complementarme, es mi única salida. Vos lo viste en mi rostro ¡Oh, la tristeza!
Le dije que yo podía intentar hacer algo por ella pero se negó.
_ No, vos tenés que hacer algo por vos mismo, después vas a poder ayudar a quien te necesite.
_ Entonces ¿para qué me trajiste a este lugar?
_ Para que tu rostro no se convierta como el mío. – me dijo. – Tomalo como una enseñanza.
            Entonces avanzó y se fusionó (como las gotas, hasta la muerte) a su grupo. Yo salí del monte y volví al corso, tomé cerveza y comprendí lo que esa noche había sucedido. Dependía de mí cambiar el rostro de mi alma y mezclarlo con el de mi cuerpo, de otra forma, mi destino sería el mismo que el de ella y yo, terco y porfiado, no quería esperar al carnaval todos los años para ser yo mismo.

¡Los dedos índices me señalan!


¡Los dedos índices me señalan!
Grita entre sollozos quién paranoico está. Pero es justificada su reacción pues los dedos están al acecho. Se tapa los ojos con sus manos y aparenta esconderse muy adentro. Pero cada tanto, cuando la curiosidad lo puede, corre un poco la palma y espía con cautela. ¡Pero lo siguen apuntando! ¡Los dedos índices me señalan! Grita de nuevo y esta vez, además de enceguecerse, empieza a trotar en dirección opuesta a su martirio.
Llega lejos, a una inesperada soledad. Se destapa los ojos y contempla en derredor. Nada. Calma y reflexión. Esos dedos, ¿qué se creen que son para apuntarme? Ellos también están llenos de imperfecciones, son huesudos, y tienen uñas muy sucias. ¿Pero… por qué mi dedo también está señalando ahora?
¡Los dedos índices me señalan! Grita, y es que han vuelto a aparecer. Pero él también los señala. Se señalan. Los de él se ocupan de los de ellos y viceversa. ¡Los dedos índices se señalan!

Sólo nos está dando una lección


_ Si hablamos de olores, es imposible olvidar a Rolando. – me dice el señor tras dar un golpecito al suelo con su bastón. Un viejo palo de madera que lo sostiene hace ya varios años. En él se pueden encontrar diferentes tipos de iniciales, frases muy pequeñas y dibujos indescifrables, tallados con un cuchillo, de los que solo su dueño puede explicar su significado.
_ Se lo digo por experiencia. – continúa ya sentado. – Al quedarme ciego, he mejorado mucho el resto de mis sentidos; especialmente el olfato.
Me resulta imposible evitar dirigir mi mirada hacia su nariz. Supongo que es algo típico del ser humano, que nos hablen de algo en particular y tengamos que dirigir nuestra vista o nuestra imaginación hacia ello. De sus fosas nasales puedo observar unos pelos que parecen patas de arañas bañados en lo que pareciera ser moco seco. Siento la bilis llegando a mi garganta y desvío rápidamente la vista hacia la ventana. La lluvia me tranquiliza. Finjo que me acomodo en mi asiento y continúo oyéndolo.
_ Rolando fue un hombre que nunca se bañaba. Toda persona que pasaba a su lado se tapaba la nariz por costumbre más que por instinto. Yo creí que era un pordiosero o algo así, pero estaba equivocado.
Cierto día lo encontré sentado en un banco de la plaza. Allí se encontraba, con sus piernas estiradas y abiertas. Su mirada contemplaba los enormes árboles que gracias a dios poseemos en nuestra ciudad. Yo me encontraba paseando a Chicho, mi perro, aquel que me acompañó veinte años; en paz descanse.  Pero no voy a aburrirlo más con mi mascota. Entonces, sin que yo me lo esperara, Rolando me dirigió la voz.
_ Ah, los perros. – dijo. – suelen tener peor olor que las personas. El mundo es injusto realmente.
Me acerqué a él y le pregunté por qué lo decía.
_ Las personas creen que pasándose jabón podrán limpiar el putrefacto olor de sus almas.
Entonces, poniendo cara de misterioso y bajando la voz gradualmente dijo:
_ Los perros saben distinguir el verdadero olor de la gente.
Aquello que me dijo Rolando quedó marcado dentro de mí por siempre. Así fue como traté de distinguir a las personas por su olor por el resto de mi vida. Como le dije, la ceguera me ayudó mucho, pero si no hubiese sido por lo que me dijo ese hombre, jamás habría alcanzado este nivel olfativo.
Comencé a tener una percepción excelente para saber con qué clase de gente amigarme y a cual rechazar.
_ ¿Y qué conclusión sacó de Rolando? – pregunto.
A eso estaba llegando. Cierto día escuché a las chusmas del barrio comentar sobre el hombre sucio. Trataban de buscar una solución, de hacer que se bañara o simplemente de expulsarlo de la plaza llamando a la policía. Yo interrumpí y dije:
_ Ese hombre es el más limpio de todos. Sólo nos está dando una lección.

Conversación


Conversación

Cuentan que entró dubitativamente en aquella taberna que, por azares del destino, se cruzó en su camino. El ambiente era bastante triste, se escuchaba de fondo un jazz tranquilo y las personas que allí se encontraban no derrochaban sus energías en lo absoluto.
Decidió tomar asiento junto a la barra. Pronto fue atendido y pidió un whisky. Contempló el vaso lleno con aquella bebida y lo movió un poco. Aparentemente le gustaba el ruido de los hielos al chocarse entre sí y al hacerlo contra el vidrio del vaso. De fondo pudo contemplar un saxo que tranquilizaba su alma obligándolo a cerrar levemente los ojos. Rascó su barba, esa que no se afeitaba hacía ya varios días, y se dispuso a dar el primer sorbo.
Cuentan que el otro sujeto accedió a la taberna unos minutos después. Él no llegó por casualidad. Solía concurrir allí todos los jueves a la misma hora. Era bastante conocido en el lugar por los dueños. Un hombre grande, ya de más de sesenta años que encontraba placentero mezclarse un poco con la penumbra del lugar, con la música que lo inspiraba de fondo y con alguna bebida que lo calentase en esos inviernos congelantes.
Observó cuidadosamente al sujeto que, esa noche, ocupaba su lugar de siempre; mas no le molestó en absoluto. Se sentó al lado de él y pidió el whisky que acostumbraba a beber con gran regocijo. Notó feroces ganas de hablar con ese sujeto sentado a su derecha. Nunca en su vida lo había visto pero su forma de beber el whisky, su cabeza baja observando el vaso le inspiró tristeza.
_ Es un buen whisky. – le dijo finalmente.
El otro hombre lo escuchó hablarle y se limitó a asentir. Luego siguió en su ensimismamiento, perdido en sus pesares, en sus pretéritos acontecimientos que lo llevaban a ese presente lúgubre. Luego de beberse su vaso completamente, pidió otro. La música no cambió de temática. El señor que, minutos antes le había hablado, se encontraba placenteramente leyendo un libro antiguo mientras disfrutaba de su alcohólico trago. Cada cierto lapso de tiempo esbozaba muecas de placer, de risa y también de tristeza. Todo eso le transmitía aquel colectivo de letras. Y fue entonces cuando de él surgieron, esta vez, las ganas de conversar con el semejante de al lado.
_ A veces resulta cómodo y más fácil dialogar con quien uno desconoce. – le dijo al tiempo que observaba como el individuo colocaba un separador en su libro y luego lo cerraba para prestarle atención. Al ver que lo contemplaba entusiasmado y con mucha atención, prosiguió hablando.
_ Quizás por eso resulte la psicología. Las personas que no nos conocen no tienden a etiquetarnos pero si a prejuzgarnos. El analista no nos conoce completamente, así que, quizás, se encuentre en una delgada línea que se abastece de etiquetas y prejuicios. Pero a su vez la gente que ignora nuestra personalidad tiende a etiquetarnos por lo que sus ojos prejuiciosos les dicen. Entonces no nos encontramos más que en un círculo vicioso que nos describe como seres humanos. No le voy a negar que yo, previamente en mi mente, he sacado, involuntariamente, una conclusión de lo que me parece que usted es. Seguramente esté equivocado, pero es parte de la naturaleza humana. Es algo que viene incluido con el don o el defecto del pensamiento. Más que probable es que usted haya hecho lo mismo con mi persona.
El anciano lo miró de manera intrigante pero no dirigió una sola palabra; solo se limitó a asentir.
_ Veo que tiene usted ganas de charlar. – dijo finalmente. Siga contándome, dijo mientras le hacía un ademán.
Entonces, el más joven bebió más whisky y continuó.
 Me han llegado noticias de que esos dos hombres estuvieron charlando cual camaradas de toda la vida, durante toda la madrugada. Debatieron de todos los aspectos habidos y por haber sobre la vida. El barman, que fue el que les advirtió que estaban cerrando, se acercó cortésmente y les explicó que debían retirarse.
_ до свидания – contestó uno.
_ Goodbye – dijo el otro.
Y ambos se despidieron tras un fuerte abrazo.

Nota en la que sale mi nombre :O


En esa nota sale mi nombre, salí segundo en el concurso "Uniendo fronteras 2011" que organizó el Instituto Cultural Latinoamericano. En esta entrada relato como fue esa noche: Crónica de una noche juninense


Este es el cuento con el que participé:


Melquíades, el inmortal

La tarde caía lentamente, la temperatura lo hacía al mismo ritmo. El césped verde tomaba tonalidades rojizas debido al inmenso sol que se ocultaba. El anciano dio varias pitadas a su pipa y se dispuso a sentarse. El joven salió de la casa y tomó asiento a su lado. Ya era costumbre, el atardecer era una ley que los obligaba a dialogar, filosofar y contemplar la maravillosa naturaleza del extenso campo que habitaban. Se acompañaban mutuamente puesto que no tenían a nadie más en el mundo.
_ ¿De que hablaremos hoy abuelo? – preguntó el joven impaciente al tiempo que preparaba el mate. El viejo, de una espesa barba blanca, contaminó el exterior con todo el humo que había contenido en sus pulmones y se preparó para hablar.
_ Hoy no hablaremos de política, ni de filosofía. Simplemente te contaré una historia, mejor dicho, una leyenda. La misma ha pasado de generación en generación. – el chico se impacientó, los cuentos del abuelo solían ser bastantes complejos y pocas veces les encontraba la enseñanza o la moraleja que si hallaba en Marx o John Locke. Se tomó un mate muy caliente y muy amargo. Luego le cebó uno al hombre que hablaba paulatinamente.
Esta historia nos lleva a la vida de Melquíades, quién vaya a saber uno donde nació y en que época vivió. Se dice que nunca conoció a sus padres y que vivió como nómade en tribus gitanas de un lugar a otro, sin un hogar fijo. A los cuatro años era capaz de leer y escribir cual joven de quince años. Su mente estaba tan desarrollada que llegó a asustar a los viejos sabios y líderes que lo acompañaban en sus viajes.
En aquel entonces la gente era muy prejuiciosa, como ahora. Por ser diferente, se lo veía con ojos de envidia y odio como si se tratara del hijo de los demonios. A Melquíades poco le importó. Había llegado a comprender la naturaleza humana y sus pensamientos. Él mismo se consideraba más allá de la especie. Se consideraba de otra raza.
A los quince años, se enamoró de una joven gitana con la que jugaba desde que se unió a la tribu. La muchacha siempre estuvo fascinada por su complejidad intelectual, a diferencia del resto, ella lo admiraba. Era bastante fácil darse cuenta que era un amor correspondido y lleno de lujurias.
Cierto día, Melquíades mostró su último experimento. Alzó sus manos apuntando a un árbol y, a los pocos segundos, las manzanas que de éste se sujetaban tomaron un brillo dorado que hasta el sol envidiaba.
Fue entonces cuando Melquíades se convirtió en el líder. Los gitanos habían quedado tan exaltados y entusiasmados que lo tenían como un dios viviente. Lo admiraban aún más que al viejo jefe que llevaba siempre consigo el pergamino sagrado que había perdurado de generación en generación.
Poco les gustó el prestigio del mago a los grandes reyes. Menos a las iglesias que lo consideraban hereje y maldito. Fue perseguido, su cabeza llegó a valer grandes lingotes de oro.
Al cabo de cinco años, la tribu fue asesinada por aquellos extremistas que buscaban la cabeza del protagonista de esta historia. Melquíades, quien había visto ese inminente presente en su cabeza días atrás, llegó a salvar a su amada. Se refugiaron en “el bosque de los manantiales dorados”. Un lugar creado por los poderes del mago, donde el agua era dorada y los árboles plateados. Pasaron diez años en aquel lugar. Ella extrañaba considerablemente a sus parientes pese al amor que sentía por su único compañero. Melquíades, frustrado, sacó la tristeza de su interior como si fuera una espesa masa de humo y la aspiró.
Pasaron los meses, Rebeca, así se llamaba ella, se encontraba más feliz que nunca, era inmune a los sentimientos grises. Sin embargo, el mago estaba deteriorado. No había vuelto a sonreír. Había cambiado su bienestar por el de ella. “Lo hago por amor, no me arrepiento” se decía una y mil veces. Y es que había sacrificado gran parte de su optimismo, de su inteligencia y su magia por un extraño sentimiento que rodeaba su corazón.
Cierto día salió a caminar, los árboles plateados eran todos tan idénticos que los aborrecía. “pensar que yo los cree” se decía. “Ahora entiendo como se siente dios”. Caminó sin prisa ni pausa hasta encontrar una vieja cueva. Tan antigua que su recuerdo no la hallaba y juró no haberla creado. Lleno de intriga, aquella que no había sentido desde hacía tanto tiempo, se adentró. Gracias a su magia, sus uñas empezaron a brillar y alumbraron el oscuro interior de aquel recinto. Caminó despacio por un largo túnel. Estaba anonadado, no podía creer que, dentro del bosque donde todo había sido producto de sus poderes, existiera algo fuera de su lógica.
Los diez minutos más largos transcurrieron en aquella caminata. Finalmente llegó al final de la cueva. Era una especie de habitación que se habría tras el lúgubre pasillo, de forma redonda pero con la misma precariedad de todo el lugar. Melquíades se detuvo allí. Un gran pergamino estaba colgado en la pared, él se acercó para leerlo. “El secreto de la inmortalidad” era el título del mismo. Su mente empezó a hacer combustión y recordó aquel título. El líder de los gitanos había sido el único en leerlo, los demás lo tenían prohibido hasta que estuvieran cerca de la muerte. Ni siquiera cuando fue líder pudo poner una mano sobre aquel pergamino, era lo único que tenía prohibido. Todos habían sido exterminados sin poder apreciar aquel manuscrito, excepto él. Como un niño travieso se aventuró a abrirlo y leerlo, esperando un largo texto. Sin embargo se encontró con frases bastante breves, aún así las leyó detenidamente. “Si lees este pergamino es porque quieres saber el secreto de la inmortalidad. Perdurar a través de las épocas y las personas. Ser como el viento que nunca muere. La inmortalidad se consigue gracias a la mente. Legará un día en que tu cuerpo será derrotado ante las fuerzas de la naturaleza, sin embargo a través de la mente es posible ser eterno. Mientras no seas olvidado, jamás morirás. Puede que vivas como una leyenda, como un villano o un héroe. Pero vivirás a través de las edades futuras, del tiempo de vida natural de las personas y llegarás a estar siempre en el mundo de la consciencia. Vivirás nuevas aventuras en las mentes futuras, en los mundos creados a través de la imaginación. El secreto de la inmortalidad es no ser olvidado jamás”
Melquíades no entendía como algo tan simple podía ser el secreto de la vida eterna. Entonces recordó el fatídico día en que asesinaron a todos y recordó claramente que el pergamino había sido quemado por una flecha encendida. Se dio cuenta que el rollo estaba ahí, frente a sus ojos en una extraña cueva, porque él lo recordaba y siempre había querido saber que decía. Sin embargo, no lograba entender como se conservaba el contenido de su interior, puesto que él nunca lo había leído, por lo tanto nunca lo había recordado, era información olvidada, muerta.  Fue entonces cuando Rebeca entró en escena. Ella había tenido que leer el pergamino por obligación del viejo gitano, quien sabía que pronto serían exterminados, puesto que estaba al tanto que la iglesia los perseguía por culpa de Melquíades.
_ El contenido del pergamino no se olvidó, yo siempre lo recordaré. Por eso está vivo. – comentó serenamente.
_ También creaste esta cueva ¿no?
_ Así es, es un lugar sagrado que inventé.
_ Entonces, ¿también sos una maga? – preguntó Melquíades consternado.
_ Todos lo somos. Es el poder de la imaginación. Vos estás dentro de mi mundo, creado por mis pensamientos. Afuera, está el mundo que vos creaste, y más afuera aún, el mundo “normal”, que seguramente también haya sido creado por otra mente y así sucesivamente. Es todo un círculo vicioso. – comentó ella con extrema sabiduría.
Melquíades finalmente lo comprendió. Toda su vida había sido un farsa, él no era un mago. Quizás no era real. Era producto de una mente, de una imaginación. Toda su vida no era suya, no era más que un personaje.
Corrió desesperado y asustado. Abandonó a Rebeca para siempre. Salió de la cueva y se encontró en el Bosque plateado, lo que le produjo más miedo aún. Quizás ese mundo tampoco había sido creado por él. Eso es lo que le había hecho creer la mente que le dio vida. Salió entonces al mundo real,  al menos era el mundo donde él había nacido, donde los reyes aún lo perseguían. Pero quizás ese mundo también había sido creado como un contexto idóneo para desarrollar sus poderes.
Frustrado Melquíades visitó pueblos y caminó miles y miles de kilómetros, esperando algún día salir de los laberintos de la mente. Lo cual jamás conseguirá.

_ Mucho menos ahora que yo te conté el relato – comentó el abuelo mientras reía a carcajadas. – Melquíades seguirá siendo eterno, ahora también vive en tu mente.-El joven finalmente comprendió el cuento y sonrió.
_ Así es, Melquíades es inmortal.

Fin

Crónica de una noche juninense.


La semana se hizo corta, entre exámenes finales día por medio, mis pensamientos no podían hacer otra cosa que limitarse al estudio sobre cable coaxial, fibra óptica, interrupciones, microprocesador, palabras en inglés técnico, etc. En parte me ayudó, sabido es que mi ansiedad suele desbordarme. Por suerte no tuve tiempo para pensar en aquella noche de sábado que se aproximaba lenta pero irremediablemente y que pronto se cruzaría en mi camino, ese camino que tanto había anhelado recorrer.
            Los finales tuvieron notas satisfactorias para mí. Fue un gran relajo el saber que ya me los había sacado de encima, al menos algunos. Pero esa tranquilidad me duró poco. Fue algo artificial que fue desbordado por la naturaleza de mi inquietud e impaciencia interna. Es que la noche de sábado en Junín era lo más próximo que quedaba ahora en el horizonte de mi futuro. Ya no había exámenes que me distrajeran un rato ni días que calmaran los nervios. Ese día 26 estaba a la vuelta de la esquina esperando agazapado para encontrarme y yo, una licuadora de sentimientos, esperaba también por encontrarme con él.
            Viajamos a Junín con la familia. Esa que siempre me bancó. Mamá, papá, hermano, abuela, tía. Todos éramos un manojo de nervios o quizás era solo yo el que los miraba con mis ojos excitados y desbordados.
            Y pronto nos encontramos frente al salón Luz y Fuerza, el lugar donde me esperaba el concurso. Entramos y la hospitalidad de los organizadores fue totalmente grata. Me entregaron los 5 discos con los cuentos y las poesías de los participantes y luego nos sentamos en una de las mesas que habían preparado con antelación.
            Poco a poco se fue llenando el lugar y los lugares. En nuestra misma mesa se sentó un enigmático hombre de unos treinta años o quizás más. Era de Campana y se mostró sumamente carismático, como Melquíades en Cien años de soledad. Participaba en el mismo concurso que yo y también en el género narrativa. Él guardó mi nombre en su memoria y yo hice lo propio. Seguramente terminaríamos leyéndonos más adelante.
También se sumó a la mesa una pareja de casados provenientes de La Plata. La señora era escritora de poesía. Charlamos de diversos temas, por ejemplo, ella me contó de su complicación para escribir narrativa y yo le conté de la mía para escribir poesía.
            Luego de que la directora del instituto se presentara comenzó la premiación. Un hombre frente al micrófono iba nombrando a los ganadores. Empezando con poesía, hubo ganadores de todas partes del país y de más allá de las fronteras de Argentina también.
            Finalmente tocó al género narrativa. Primero comenzaron con las menciones de honor. Luego quedaban los 5 primeros premios donde se suponía que yo me encontraba. Fueron pasando algunos nombres y el mío no se encontraba entre ellos. Solo quedaban 2 premios. Empecé a sentir nervios e intranquilidad. Se suponía que el ganador debía hablar a través del micrófono para explicar sus sensaciones. Las probabilidades de que yo ganase estaban. Jugaba con mis manos al tiempo que miraba fijo al locutor. En mi mente, días atrás, había imaginado como sería mi pequeño discurso en caso de ganar.
            “Bueno, primero muchas gracias al instituto por dejarme participar, también quiero felicitar al resto de participantes porque estoy seguro que han hecho un gran trabajo y que enviaron sus obras llenos de esperanzas, optimismo, ilusiones proyectadas en esta noche, porque es como dijo Borges: “La literatura no es más que un sueño dirigido”.
            También se cruzó por mi mente la idea de hacer un homenaje a García Márquez diciendo “Muchos años después frente al resto de participantes, Andrés Guaranelli habría de recordar aquella tarde remota en que leyó su primer libro […]”. Ésta segunda opción era bastante improbable que hubiera sido dicha por mí, pero me parecía simpática.
En fin, llegó el turno de nombrar al segundo premio. Mi nombre resonó por los parlantes. Había salido segundo en el primer concurso en el que participaba. Todo un orgullo. Me puse de pie y me dirigí al frente. Puede que mis piernas temblasen en aquel momento pero, la verdad, no lo recuerdo. Por dentro me decía “Bueno, siendo el segundo no tengo que hablar, basta con una foto con la directora y listo”. AL acercarme y recibir el diploma y la medalla, Rosana Silva me dijo “Sos muy joven, decí algo”. Me enfrenté al micrófono y todo lo que había pensado previamente se chocó entre sí en mi mente. Solo dije “Gracias, la verdad que no me lo esperaba, estoy nervioso…. No me lo esperaba”. Un discurso bastante patético para quien se supone que sabe escribir medianamente bien un cuento. Pero al parecer cayó bastante simpático al público.
            El ganador del primer premio fue el hombre de Campana que se sentaba en nuestra misma mesa. A diferencia de mí, el dio un discurso breve pero genial sobre el arte de escribir. Nos felicitamos una vez llegó a la mesa.
            Luego charlamos durante la cena de diversos temas en los que él citó a Dolina, Fontanarrosa, Rimbaud, etc. Una de esas personas con las que te podés quedar charlando toda la noche. Simple, carismático y con un cerebro y un léxico de esos que te atrapan. Una persona con la que da gusto charlar.
            Finalmente nos fuimos de allí, miré atrás y me di cuenta que jamás olvidaría aquella noche juninense.

Una y otra tormenta



Imaginá una canoa, allí te encontrás, en medio de un desierto de agua. Una fuerte tormenta acecha, las olas golpean con intensidad la madera que te mantiene a salvo. Remás lo más fuerte que podés, las gotas frías caen sobre vos, en tu frente blanca y al descubierto. El viento te zamarrea de un lado a otro pero lográs mantenerte firme, remando, como siempre. Entonces pensás y pensás. ¿Cuándo una tormenta fue eterna? Las tempestades siempre cesan, esas nubes negras que producen inquietudes y malestares, se van como vienen. Solo queda soportar, pararse firme y enfrentarla. Mirarla a los ojos aunque no tenga y demostrarle que sabés cual es su debilidad: el tiempo. Pero también sabés que el tiempo es tu rival, el de todos. Para la lluvia, que terminará yéndose y disolviéndose, y para vos, que acabarás envejeciendo…derrotando una y otra tormenta pasajera. Porque de eso se trata la vida.

La mujer dormida

Bueno, para celebrar que hay gente que sigue mis textos, acá publico un nuevo cuento. Yo quedé bastante satisfecho con éste, espero que ustedes también, me llevó un par de días.


La mujer dormida

La mujer seguía dormida. Su respiración era tan tranquila que apenas pude sentirla. Para confirmar que no estaba muerta, le tomé el pulso.

El invierno se encontraba en su plenitud, las noches se hacían cada vez más frías. El día que perdí las ganas de vivir, esta mujer apareció en el patio. De unos treinta años de edad, ni siquiera sabía su color de ojos puesto que la encontré ya desmayada. La recosté en el sillón del comedor y la abrigué con algunas frazadas. No sabía que hacer, porque justo en el momento en que no quería interactuar con nadie, aparece una mujer de la nada desmayada en mi patio. Finalmente opté por llamar a un médico.
Eran pasadas las 11 de la noche cuando la ambulancia se la llevó. Según pude averiguar, no pudieron encontrar las causas de su inconciencia, debería despertar, no tenía golpe alguno. La internaron en el hospital que está a unas veinte cuadras de casa.
En cuanto a mí,  tengo treinta años, mi nombre no importa ni tampoco mi apariencia. Me consideraba una persona capaz y bastante afortunada, pero hoy perdí todos los motivos para seguir con mi vida. Trabajé durante más de diez años como bombero. Es un trabajo más difícil de lo que aparenta, poner en riesgo tu vida para salvar la de otros no es algo que cualquiera haría. El fin de semana pasado renuncié, hace varios días que no salgo de casa. La razón es simple pero triste, no pude salvar a una niña de un incendio, hice lo que pude, pero las llamas devoraron el edificio antes de que pudiera hacer algo. No sé si soy apto para ser bombero, me quedó un gran cargo de consciencia por no poder salvarla y ahora no tengo voluntad de vivir. Si bien hice todo lo que pude, y por más que no tenga la culpa del incendio ni nada, así me siento, impotente por haber visto como las despiadadas llamas se llevaban un alma inocente.
El teléfono sonó despertándome de mis pesadillas. Miré el reloj de pared y éste marcaba la una de la mañana. Atendí. Eran del hospital, aparentemente la mujer se encontraba en un profundo coma y no podían encontrar las causas, le estaban haciendo todos los análisis posibles.
_ ¿Es usted familiar de la señorita? – me preguntaron.
_ No, jamás la conocí ni sé como se llama, solo la encontré desmayada y llamé a un médico. – se notaban las pocas ganas de dialogar de mi parte.
_ Entiendo, el problema es que necesitamos un par de firmas y no sabemos quién es esta chica. Es un pueblo chico, y no ha habido llamada alguna a la policía por desaparición de un familiar. En otras palabras, nadie se preocupa por esta mujer. Quizás estaba sola. – Quien me hablaba era fumador, pude notarlo por su ronca voz, como la de un sapo.
Alcancé a entender la mitad de lo que me decía.
_ Está bien, me haré cargo – dije un poco de mala gana y corté. Me haría bien salir un rato de casa a ventilar mi mente.
Al salir sentí como cada centímetro de mi cuerpo se petrificaba por el natural frío invernal. Enrollé la bufanda alrededor de mi cuello y me prendí la campera polar. Era una locura andar por las calles a la una y pico de la mañana en pleno julio. Prendí un cigarrillo, tenía la sensación de que el tibio humo combatiría el frío en mi interior. Luego de toda esta preparación en la puerta de casa comencé a caminar, llegué al hospital muerto de frío y firmé las cosas que debía aunque poco me importasen. El doctor me dejó entrar a la habitación en que se encontraba la mujer. Ahí estaba, con su cabello castaño y con los ojos cerrados, recostada. Tomé una silla y me senté al lado de la cama.
_ Me pregunto ¿Cómo llegaste a mi patio?, ¿Por qué te desmayaste?, ¿Por qué no podés despertar? ¿Qué hago en un hospital a la una y media de la mañana haciéndome cargo de alguien que no conozco? – Hice todas esas preguntas a la mujer, que, por supuesto, ni se inmutó
_ Si despertaras, todo volvería a ser como antes, volvería a mi triste vida llena de remordimientos. Pero quiero que sepas que en otro momento te hubiera ayudado sin dudarlo, pero ahora ni siquiera puedo ayudarme a mí mismo, hasta acá llegué. Suerte, espero que despiertes pronto.
Me paré de la silla y me dispuse a salir del hospital, el doctor quedó en llamarme en caso de alguna novedad, no me quedó más remedio que aceptar aunque no tenía planes de volver.
Cuando llegué a casa el sueño aún no había invadido mi cerebro. Puse un poco de música en la PC y encendí otro cigarrillo. Una enorme contradicción se producía en mi interior: por un lado, poco me interesaba aquella misteriosa mujer; por el otro, no podía dejar de pensar en ella, en la situación y en lo ridícula que sonaba toda esta historia.
Finalmente concilié el sueño, aunque hubiera preferido no hacerlo. La joven niña de diez años apareció en él. Me miraba fijamente llena de quemaduras, se me acercaba tratando de decirme algo, yo, aterrorizado y pensando que iba a echarme la culpa, corría lo más lejos posible hasta perderla de vista. Pero fuese a donde fuese, ella me encontraba.
Desperté empapado de sudor pese al frío que hacía esa mañana. Me duché, y desayuné. Hoy, al igual que los días pasados, no tenía pensado ir a trabajar. En realidad, ahora tenía pánico a mi trabajo. El teléfono sonó esa mañana. Sabía de antemano quién era y acerté, llamaban del hospital diciendo que la mujer seguía en coma. No sé qué fue lo que me movilizó a atender y mucho menos lo que me llevó a contradecirme y asegurar que a la tarde pasaría a visitarla.
Al cabo de unos minutos volvió a sonar el teléfono. Creyendo que eran noticias del hospital me alteré en atender pero era un compañero de trabajo.
_Los muchachos y yo estamos preocupados, ¿sabés? – era mi jefe, o mejor dicho, mi ex jefe. – hace 3 días que no venís a trabajar, no has presentado la renuncia, espero que sea porque tenés planeado volver. – En realidad, no tenía pensado regresar, solo que no quería saber nada con mi trabajo, ni siquiera me animaba a ir al escuadrón y anunciarles mi renuncia.
_ Sólo olvidé avisarte que estaría ausente, perdón. – Si le decía que renunciaba, me insistiría por minutos, horas, días, semanas…
_ Está bien, pero dejame darte un consejo por favor, no te culpes de lo ocurrido en aquel incendio. No somos dioses, somos seres humanos que tratamos de ayudar a las personas. Podemos fallar como cualquier otra persona puede fallar en otro trabajo. Tenés que seguir con tu vida, no te servirá de nada lamentarte por el resto de tus días.
_ No es tan sencillo y lo sabés. – respondí a su consejo como si mi cuerpo hablara de manera insensible y mi alma estuviera en otro lado, lejos de mi físico.
_ Tengo el doble de edad que vos, comprendo perfectamente la situación. Es dura pero hay que superarla. ¿Por qué no vas a un psicólogo?
_  No puedo hablar ahora, estoy ocupado. Lo pensaré, dame tiempo. –  corté. En realidad no tenía nada que hacer pero se lo dije para que dejara de consolarme.
El reloj adjunto a mi muñeca marcaba las cuatro de la tarde cuando volví al hospital, como había asegurado al doctor.
Y así fue como pasaron los días y me di cuenta que dedicaba más tiempo a estar en el hospital que en mi casa. La mujer que no me importaba se convirtió en mi única compañera. Pasaba tardes enteras en el hospital, hablando con ella, aunque en realidad, no sabía si a través de ese profundo y relajante sueño, escuchaba todo lo que yo le contaba. A veces me dormía sentado, con la cabeza apoyada a sus pies. Sólo volvía a casa para comer, bañarme y pegarme una ducha, sino, o estaba en el hospital o en la calle.
Como acabo de mencionar, empecé a frecuentar más las avenidas de la ciudad. Todo lo que me alejaba de mi vacía y desolada casa me hacía sentir menos mal. Durante el invierno, las plazas se encontraban semivacías,  y eso me encantaba, debido a mis pocas ganas de interactuar con la gente. Solía sentarme por horas en algún banco a contemplar el cielo, los árboles, el mundo y su funcionamiento. Me invadían pensamientos sobre las personas, sobre las civilizaciones, sobre la historia. Mi mente viajaba a través del tiempo y el espacio mientras mi cuerpo permanecía quieto como una piedra en aquel solitario banco. Recién cuando mi mente volvía y se sincronizaba con mi cuerpo, empezaba a sentir el frío invernal y me dirigía al hospital. Sin dudas, esa fue la semana más triste pero más rara de mi vida. Había abandonado mi trabajo, había perdido mis ganas de vivir y una extraña mujer había aparecido en mi patio.
 Hacían ya seis días que la joven estaba internada en el hospital. Una determinada noche, antes de que termine el horario de visitas,  me dormí nuevamente a los pies de la mujer y tuve aquel sueño otra vez. La niña de diez años en llamas se me acercaba y trataba de decirme algo. Yo intentaba huir, pero esta vez me resultaba imposible. Me miraba a los ojos por más que yo tratara de desviar la vista, se me acercaba, ponía su cara contra mi oído y me susurraba unas frases en voz baja. Me desperté agitado, volví a la realidad. Me retiré del hospital y camine sin rumbo por las penosas avenidas durante un par de horas. No podía sacar de mi mente aquel sueño, sin dudas estaba invadiendo mi realidad, mis pensamientos.
_ He avanzado en descifrarlo. – me dije. Antes siempre huía y despertaba, ahora no escapo y ella me dice algo, pero nunca puedo recordar qué es.
La noche se hacía cada vez más espesa. Las estrellas seguían mi rastro como si fuese un intruso en el mundo. Los pasos, mis pasos, eran cada vez más veloces, como si actuaran en contra de mi voluntad. Cuando me di cuenta, ya estaba trotando, escapando por las calles frías y vacías, sin rastros de vida. Ni siquiera yo sabía de qué huía, sólo sabía que debía hacerlo. No había un “alguien” de quien huir, estaba tratando de escapar de mi rutina, de mi pasado, en definitiva, de mí mismo.
Hasta que el pánico se hizo presente, llegaba como un despiadado asesino y entraba en mis sentidos. Me encontré frente a la orilla de un río, que día tras día seguía su curso, me senté y tranquilicé, aquel asesino llamado “pánico” desapareció por completo. Me acosté en un banco y me tapé con la campera. Prefería el frío de la ciudad y el río, al frío de la soledad y tristeza de mi casa. Al cabo de un rato me quedé profundamente dormido, fui entrando a un pozo profundo y oscuro. Al llegar al suelo, el pozo tomaba la forma de la casa en llamas y la chica se hacía presente. Volvía a encontrarla. Esta vez no me asusté, quizás me acostumbré a su presencia. Volvió a acercarse a mí y a hablarme al oído. Increíblemente pude entender cada una de sus palabras como quien aprende un problema matemático tras intentarlo varias veces.
_ No te culpes, hiciste lo que pudiste. – me tomó con sus dos brazos, ambos estaban bastante negros debido a las quemaduras.
_ Por más que trato, me es imposible – respondí mientras las lágrimas brotaban de mis ojos como lo hace la lluvia de las nubes.
_ Vos sobreviviste a ese incendio, es una señal. – Comentó – tenés que seguir, no podés mirar atrás, tenés que mirar hacia delante. – Me quedé mudo ante sus palabras, sinceramente no sabía que responderle. – Pensalo de este modo – hizo una pausa y siguió – Si vos te sentís culpable, yo también. Vos te sentís culpable por no haber podido salvarme, yo me siento culpable por no haber podido ser salvada. Por culpa de eso, arruiné tu vida. Por eso necesitaba hablarte. – la lluvia que caía de mis ojos se convirtió en una tormenta.
_ Tenés que seguir con tu destino. No te arrepientas, yo no te culpo de nada. –  yo estaba llorando de alegría, las lágrimas eran el remordimiento y culpa que salían de mi cuerpo. Una culpa real que sentía desde el día que la vi irse entre las llamas. Quería hablar con ella mucho más tiempo pero fue inevitable. Luego de este corto diálogo, desperté.
Me hallaba en el banco frente al río. La lluvia fue la que interrumpió mi sueño y pude notar que ya era de mañana. Poco me importó, me encontraba excelentemente bien, con un poco de frío, pero con aquella llama interna renacida que me daba calor. Me dirigí a casa y me di una ducha calentita. Luego fui al hospital a visitar a la mujer dormida.
_ Es probable que ya no te visite tan frecuentemente – le expliqué. Aunque, como siempre, no sabía si escuchaba lo que le decía,  pero tenía el presentimiento de que así era. – volveré a trabajar, he revisado lo más profundo de mi ser y he solucionado mi desorden. Me di cuenta que mi trabajo es mi destino. Vendré a visitarte de vez en cuando, lo prometo.

Al día siguiente me presenté en el escuadrón de bomberos. Mis compañeros se alegraron Me disculpé por ser egoísta y no pensar en ellos. La alarma sonó, nos dirigimos a un edificio en llamas, había gente a la que rescatar. Entré en la primera habitación, el fuego la invadía, el humo también.
_ Este fuego no es nada comparado al fuego de mi interior – me dije. – he recuperado la voluntad, esa llama que se había apagado y hoy arde como nunca. Me adentré en aquel infierno y en el mismísimo momento que lo hice tuve una visión. Era el hospital, el cuarto de la mujer dormida. Ella había despertado, pude verla, se paró en la habitación y me sonrió con sus ojos abiertos de par en par. Luego desapareció, se desintegró como el humo en el aire, pero siempre con esa sonrisa que jamás olvidaré, como habiendo logrado su cometido.
Salí de esa visión, y me dispuse a buscar a las personas atrapadas en el fuego mientras pensaba:
_ Parece que no habrá más visitas al hospital.

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No me sé describir a mí mismo. Lo dejo a la percepción del que me conoce y al prejuicio del que no.

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