Crónica de una noche juninense.


La semana se hizo corta, entre exámenes finales día por medio, mis pensamientos no podían hacer otra cosa que limitarse al estudio sobre cable coaxial, fibra óptica, interrupciones, microprocesador, palabras en inglés técnico, etc. En parte me ayudó, sabido es que mi ansiedad suele desbordarme. Por suerte no tuve tiempo para pensar en aquella noche de sábado que se aproximaba lenta pero irremediablemente y que pronto se cruzaría en mi camino, ese camino que tanto había anhelado recorrer.
            Los finales tuvieron notas satisfactorias para mí. Fue un gran relajo el saber que ya me los había sacado de encima, al menos algunos. Pero esa tranquilidad me duró poco. Fue algo artificial que fue desbordado por la naturaleza de mi inquietud e impaciencia interna. Es que la noche de sábado en Junín era lo más próximo que quedaba ahora en el horizonte de mi futuro. Ya no había exámenes que me distrajeran un rato ni días que calmaran los nervios. Ese día 26 estaba a la vuelta de la esquina esperando agazapado para encontrarme y yo, una licuadora de sentimientos, esperaba también por encontrarme con él.
            Viajamos a Junín con la familia. Esa que siempre me bancó. Mamá, papá, hermano, abuela, tía. Todos éramos un manojo de nervios o quizás era solo yo el que los miraba con mis ojos excitados y desbordados.
            Y pronto nos encontramos frente al salón Luz y Fuerza, el lugar donde me esperaba el concurso. Entramos y la hospitalidad de los organizadores fue totalmente grata. Me entregaron los 5 discos con los cuentos y las poesías de los participantes y luego nos sentamos en una de las mesas que habían preparado con antelación.
            Poco a poco se fue llenando el lugar y los lugares. En nuestra misma mesa se sentó un enigmático hombre de unos treinta años o quizás más. Era de Campana y se mostró sumamente carismático, como Melquíades en Cien años de soledad. Participaba en el mismo concurso que yo y también en el género narrativa. Él guardó mi nombre en su memoria y yo hice lo propio. Seguramente terminaríamos leyéndonos más adelante.
También se sumó a la mesa una pareja de casados provenientes de La Plata. La señora era escritora de poesía. Charlamos de diversos temas, por ejemplo, ella me contó de su complicación para escribir narrativa y yo le conté de la mía para escribir poesía.
            Luego de que la directora del instituto se presentara comenzó la premiación. Un hombre frente al micrófono iba nombrando a los ganadores. Empezando con poesía, hubo ganadores de todas partes del país y de más allá de las fronteras de Argentina también.
            Finalmente tocó al género narrativa. Primero comenzaron con las menciones de honor. Luego quedaban los 5 primeros premios donde se suponía que yo me encontraba. Fueron pasando algunos nombres y el mío no se encontraba entre ellos. Solo quedaban 2 premios. Empecé a sentir nervios e intranquilidad. Se suponía que el ganador debía hablar a través del micrófono para explicar sus sensaciones. Las probabilidades de que yo ganase estaban. Jugaba con mis manos al tiempo que miraba fijo al locutor. En mi mente, días atrás, había imaginado como sería mi pequeño discurso en caso de ganar.
            “Bueno, primero muchas gracias al instituto por dejarme participar, también quiero felicitar al resto de participantes porque estoy seguro que han hecho un gran trabajo y que enviaron sus obras llenos de esperanzas, optimismo, ilusiones proyectadas en esta noche, porque es como dijo Borges: “La literatura no es más que un sueño dirigido”.
            También se cruzó por mi mente la idea de hacer un homenaje a García Márquez diciendo “Muchos años después frente al resto de participantes, Andrés Guaranelli habría de recordar aquella tarde remota en que leyó su primer libro […]”. Ésta segunda opción era bastante improbable que hubiera sido dicha por mí, pero me parecía simpática.
En fin, llegó el turno de nombrar al segundo premio. Mi nombre resonó por los parlantes. Había salido segundo en el primer concurso en el que participaba. Todo un orgullo. Me puse de pie y me dirigí al frente. Puede que mis piernas temblasen en aquel momento pero, la verdad, no lo recuerdo. Por dentro me decía “Bueno, siendo el segundo no tengo que hablar, basta con una foto con la directora y listo”. AL acercarme y recibir el diploma y la medalla, Rosana Silva me dijo “Sos muy joven, decí algo”. Me enfrenté al micrófono y todo lo que había pensado previamente se chocó entre sí en mi mente. Solo dije “Gracias, la verdad que no me lo esperaba, estoy nervioso…. No me lo esperaba”. Un discurso bastante patético para quien se supone que sabe escribir medianamente bien un cuento. Pero al parecer cayó bastante simpático al público.
            El ganador del primer premio fue el hombre de Campana que se sentaba en nuestra misma mesa. A diferencia de mí, el dio un discurso breve pero genial sobre el arte de escribir. Nos felicitamos una vez llegó a la mesa.
            Luego charlamos durante la cena de diversos temas en los que él citó a Dolina, Fontanarrosa, Rimbaud, etc. Una de esas personas con las que te podés quedar charlando toda la noche. Simple, carismático y con un cerebro y un léxico de esos que te atrapan. Una persona con la que da gusto charlar.
            Finalmente nos fuimos de allí, miré atrás y me di cuenta que jamás olvidaría aquella noche juninense.

2 comentarios:

Anónimo 28 de noviembre de 2011, 12:15  

increible.que lindo que lindo cabeza :)

Anónimo 30 de noviembre de 2011, 10:32  

Creo que en ese horario yo pase igual o mas nervios que vos , te lo mereces tanto!
Que bueno me alegre muchisimo

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