Nieve de verano [Capítulo 4]

Bien, se retrasó bastante, anduve escazo de tiempo. Subo el capítulo 4, dedicado a Rodri, que es un seguidor más de la novela. Ahora tengo como 3 lectores!!!!!!!!!! :P
Capítulo bastante cortito pero clave.

4

            Dormí un día entero, cuando desperté, ya con el cuerpo caliente, me esperaba una comida espectacular, la cual se tornó horrible con la noticia de la muerte o, mejor dicho, el asesinato de Gaspar. Luego de enterarme de aquel trágico incidente, le pedí a Rebeca, quien me acompañaba en la lúgubre habitación, que me dejara solo un momento. Necesitaba pensar y reacomodar mi cabeza. Ella había traído mis cosas desde la cabaña cuarenta y seis. Me puse de pie, busqué la mochila y de ella saqué un pucho. Lo encendí con un hermoso encendedor dorado que mi viejo me había regalado antes de morir. Supongo que no solo el nombre heredé de mis antepasados, también el mal hábito de fumar.
            Me vestí rápidamente y salí del cuarto. Estaba harto de estar encerrado, además el calor de allí dentro me estaba sofocando. Ya me encontraba saludable aunque algo dolorido, así que salí a tomar aire fresco. Afuera nevaba, vaya novedad. Caminé un par de metros chocando contra la ventisca y me encontré a Adolfo, con su imponente barba y su mirada inexpresiva.
            _ Lamento lo que sucedió chico. – expresó él. Realmente no podía creer como había cambiado su actitud, ¡hasta sentía lástima por mi por lo ocurrido!
_ Gracias. – Respondí despacio y con la mirada fija en el suelo.- ¿Cómo sucedió?
_  Una teoría es que mientras los guardias te escoltaban a mi habitación alguien entró y lo ahogó. La otra, que simplemente murió de forma natural.
_ ¿Dejaron la puerta abierta?
_ No, alguien debe tener llaves, porque luego de hacer su trabajo, volvió a cerrar.
_ Ya veo. Yo me encargaré del entierro.
_ Como quiera, puedo decirle a varios hombres que lo ayuden si desea.
_ Gracias, al menos para cavar el pozo. – me excusé.

Esa tarde fue el funeral. Las personas miraban atónitas desde sus casas. No recordaban lo que era ver a alguien muerto, puesto que al mes lo olvidaban. Sin embargo, algunos curiosos se acercaron. A mi lado se encontraba Rebeca, y al suyo el viejo Adolfo. Tapamos con tierra el agujero donde yacía el cuerpo frío de Gaspar Gómez y la mayoría se retiró destilando indiferencia.
Mis sentimientos eran difíciles de describir. Por un lado sentía pena por aquel hombre, pero no llegaba a sentirme triste. Apenas lo había conocido por tres o cuatro días, no habíamos llegado a considerarnos amigos. Aún así tenía un malestar dentro de mí, unas irrefutables ganas de descubrir quien había sido el culpable de su muerte. Pero para ello necesitaría tiempo y concentración.
_ ¿Estás bien? – preguntó Rebeca en voz baja y sin mirarme.
_ Si, gracias. – me limité a responder.
Pasados unos cuantos minutos, incluso los más curiosos se fueron diluyendo como lo hacen las cosas en la niebla. Adolfo me echó una mirada que me pareció más compasiva de lo que su rostro me tenía acostumbrado y se metió en su lujosa vivienda. Rebeca fue la última en retirarse, me dio un abrazo y sin decir nada, se marchó. Finalmente quedábamos solo el señor Gómez y yo. Cada uno en un mundo diferente, en el de la vida y la muerte, en el del recuerdo y el olvido. Me acerqué unos pasos más a su tumba y sentí la necesidad de hablarle.
_ Adiós Gaspar Gómez. – le dije. - Fue un gusto haberlo conocido. Cuando estuvimos como prisioneros le hice una promesa, la cual no pude cumplir. Le dije que lo sacaría de allí sano y salvo. Lo lamento mucho. Me siento en deuda con usted, a pesar de no haberlo conocido completamente, parecía buena gente.
Aquel atardecer siempre lo recordaré como “El día de la promesa”. Los pájaros revoloteaban esquivando ese frío que emanaba del cielo en forma de hielo, los árboles susurraban y, a veces, se sacaban la nieve de sus copas. El ambiente tenía vida y presenció aquel momento en que le juré a Gómez que encontraría a su asesino y encontraría una cura para aquella enfermedad.
_ ¡Le prometo que no lo olvidaré jamás! – grité.
De noche, ya en la cabaña cuarenta y seis, tallé lo siguiente en la puerta de entrada: “Aquí vivió Gaspar Gómez”.

Debido a que el difunto señor Gómez no tenía a quien heredarle la casa, me quedé allí. Al menos hasta que terminara mi trabajo, si así se podía llamar lo que yo hacía. Todo había cambiado bruscamente y se había vuelto más oscuro de lo que hubiera esperado en el momento en que decidí ir a Unmei. Pero no estaba dispuesto a bajar los brazos o asustarme. Si bien me considero cobarde, tenía tanta intriga por descifrar los pergaminos, encontrar la cueva y al criminal, que mi cobardía tuvo una mutación y pasó a ser coraje.
Pasé dos días sin salir de la vivienda, afuera nevaba torrencialmente y debía planear un poco lo que haría de allí en adelante. Principalmente porque alguien despiadado andaba fuera y no podía bajar la guardia. Los planes de turnarnos para dejar el pueblo se habían complicado, afuera era un periodista que se había declarado en contra del gobierno; y lo peor, no me presenté cuando fui solicitado por el ejército. Debía buscar otra forma de no caer infectado por el olvido. Pero si salía de Unmei, me esperaba algo más aterrador que una simple epidemia. Me esperaba la cárcel, la tortura y la muerte. Quizás la única opción era refugiarme en algún pueblo pequeño, sin ser visto.
_  Si hubiera tenido este coraje para enfrentar a los ingleses. – pensé en aquel momento. Pero la verdad es que no me apetecía arriesgar mi vida, sentía que tenía muchas cosas por hacer. Recuerdo que en aquel entonces pensé “Que vaya Galtieri a la guerra, no los chicos que tienen una vida por delante”. Esa maldita costumbre de arrancar raíces que pronto serán un árbol llamado futuro cuyo fruto será el nacimiento de nuevas generaciones. Aunque yo tenía veintinueve años, me consideraba joven para morir por dinosaurios infectados de poder y avaricia.
De todos modos, según lo dicho por Gómez, faltaban unos veinte días para que caiga enfermo. Hacían ya unas cuarenta y ocho horas que la personificación del sol llamada Rebeca no me iluminaba, así que decidí salir a caminar un rato, despejar mi mente y, quizás, encontrarme con ella.
Cada tanto me sacudía la cabeza como un perro para sacarme la nieve de la cabeza, desde que estaba en Unmei, aquel era el día con que más potencia caía. Fumando un cigarrillo y exhalando el humo, que prácticamente se camuflaba con la respiración fría de cualquier persona, caminé durante varios minutos. Observé las casas y a la gente que hacía sus quehaceres cotidianos y me miraban con miedo y duda. Yo era la persona que les había devuelto la muerte, ese recuerdo nefasto capaz de matar a algo tan maravilloso como la vida. Los ignoré. Sabía que alguno de ellos era un asesino, pero era prácticamente imposible encontrar un sospechoso sin una mísera pista.
Finalmente llegué donde, instintivamente, pero sin pensarlo, había planeado ir: El bosque. En mi mochila llevaba todo lo necesario, incluso para acampar. Tampoco me había olvidado de los famosos pergaminos. Si encontraba alguna pista, seguro éstos tendrían que ver con ella. Atravesé varios árboles y sentí el brusco cambio de temperatura. Me costaba creer que a la gente no le pareciera raro haya dos climas totalmente opuestos a metros de distancia.
Seguí varios pasos más pero mi expedición fue frenada de golpe. Nuevamente alguien tocó mi hombro por detrás. Esta vez no me asusté. Era Rebeca.
_ Veo que ya no te puedo sorprender. – dijo ella.
_ Me sorprendes todo el tiempo. – le dije. Ella esbozó una tenue sonrisa. Luego, cambiando rápidamente de tema, señaló la profundidad del bosque.
_ ¿Planeas adentrarte? – preguntó Rebeca llena de curiosidad.
_ Así es. Quiero encontrar esa cueva y descifrar estos manuscritos.
_ Aún no he tenido oportunidad de leerlos. – dijo ella. Quizás pueda entender el idioma de Nicolás, la verdad que hasta yo misma me desconozco.
_ Es verdad, con todo lo sucedido me olvidé de prestártelos. – respondí. 
_ Creo que no es momento de entrar al bosque. – dijo Rebeca. – tratemos de ponernos al tanto, contarnos lo que sabemos y luego decidir que hacer.
_ ¿Estás diciendo que me ayudarás? – pregunté.
_ Si, me llena de intriga este asunto. – confesó. Volvamos al pueblo y leeré el pergamino, mientras tú me cuentas todo lo que sabes. – insistió.
_ Está bien. – respondí. – será lo mejor. – La idea del bosque había quedado aplazada. Rebeca podría aportarme bastante ayuda por el momento.
Volvimos a entrar a Unmei, nuevamente el frío, la calma de la gente, las viviendas cubiertas de nieve. Pero Rebeca a mi lado. Ya en la cabaña, preparé bebidas calientes y desplegué el pergamino sobre la mesa.
Me tomé mi tiempo en explicarle todo lo que sabía. Lo que Gaspar Gómez me había contado días atrás, lo que yo había deducido, en fin, llené su cabeza de incógnitas, teorías, hipótesis e intriga.
_ Ahora, te contaré la conclusión a la que he llegado. – le expliqué. Tomé un sorbo del mate caliente hasta que la yerba me anunció que no quedaba más agua dentro. Rebeca me contemplaba con los ojos brillosos, dignos de alguien lleno de intriga y entusiasmo.
_ Gaspar Gómez también fue infectado por la fiebre del olvido. – expresé finalmente.
_ ¿A que te refieres? – preguntó ella. – ¿No fue él quien sabía sobre esta epidemia?
_ Si. – respondí. Me tomé un tiempo para armar mi oración y seguir. – Rebeca, vos, por alguna razón, no te ves afectada. Dijiste que Gaspar llegó aquí hace un mes ¿verdad? Quiere decir que no lo conocías de antes. Tu verdad es distinta a la de él.
_  Él dijo que cada un mes se iba y volvía ¿no? – preguntó ella siguiendo mi idea.
_ ¡Exacto! – exclamé. – pero vos, que no perdés la memoria, decís que Gaspar no es de Unmei, que realmente llegó hace un mes. ¿Recordás haberlo visto con una mujer embarazada?
_ No. – respondió ella en un suspiro. – siempre lo vi solo, le pidió hospedaje a mi abuelo y se le otorgó esta cabaña para ser espiado e investigado como un intruso sin que él lo supiera.
_ Entonces, es probable que esa mujer nunca haya existido. – Rebeca me contempló fijamente mientras se acomodaba naturalmente el flequillo, su rostro estaba lleno de intriga e incertidumbre, pero también se podía notar mucho interés.
_ ¿Quieres decir que ese señor vivió en una mentira? – preguntó ella al tiempo que se me acercaba y hablaba en voz baja, como si alguien nos pudiera escuchar. Quizás el espíritu de Gómez.
­_ Exacto, él fue afectado de otra manera, no solo olvidó su pasado, sino que inventó otro, también un presente. Es como si hubiera sido manipulado por la naturaleza a su antojo.
_ ¿Con qué motivo? – preguntó Rebeca consternada.
_ Quizás, para arrastrarme a mi.
_  No tiene sentido. ¿Por qué usar a Gómez para atraerte a ti? ¡Es todo tan poco creíble! – exclamó ella. – Además, ¿qué o quien elaboró todo ese plan?
_ Aquí todo es poco creíble – respondí. Entonces recordé lo que Gómez me dijo hace unos días, cuando aún vivía: “Tu lógica es ilógica para nuestra lógica; y viceversa”. Cerré los ojos y traté de hallar una explicación creíble a todos estos sucesos, pero era imposible. Al bloquear mis pupilas con oscuridad, me serené. Volví a abrirlos, y ante la mirada de Rebeca, que seguro creía que era un bicho raro, le cebé un mate.  – ¿pudiste descifrar algo en los pergaminos? – pregunté luego.
_ Nada, no sé este idioma.
_ Que pena, no hay forma de que lo podamos traducir.
_ No te resignes. – dijo ella algo enojada. Entonces, me di cuenta de que era bastante temperamental como su abuelo.
_ No lo haré. – le prometí. – Mi próxima misión es entrar al bosque.
_ Es peligroso, hay muchos lobos. Si te adentras más de lo normal, probablemente no saldrás con vida.
_ ¿Vos no andabas por el bosque seguido? – pregunté sin entender.
_ Hasta cierto punto. Si pierdes de vista el pueblo, pierdes de vista tu vida.
_ No necesito mi vista, necesito mi memoria. – dije en forma de jaque mate.
_ ¿Ahora te haces el valiente? te acompañaré. – expresó mientras negaba con la cabeza.
_ Es muy peligroso.
_ Seré tu guía en caso de que pierdas la vista. – respondió ella sutilmente. – pero antes, nos tomaremos un día de descanso, mañana iremos a pescar. Me lo prometiste, además, te hará bien despejarte de todo este asunto por un rato.

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