Nieve de verano [Capítulo 2]



2

Me desperté a las nueve aproximadamente, un ruido bastante molesto fue el culpable. Salí en busca de su origen para encontrarme con Gaspar Gómez, quien cortaba ferozmente leña para las chimeneas.
_ Mil disculpas, no quise despertarlo, pero si no corto leña nos moriremos de frío. – explicó al verme con mi estúpida cara de dormido.
_ No se preocupe, ya estaba despierto de todos modos – comenté para que se quedara tranquilo. – iré a dar una vuelta por el pueblo si no le molesta.
_ En lo absoluto, vaya tranquilo.
Luego de abrigarme bastante con ropa que tenía en mi mochila, volví a salir de la cabaña y empecé a caminar sin un rumbo definido. No nevaba, pero estaba muy nublado y, aparentemente, no faltaba mucho para que comenzara a caer agua congelada. A diferencia de ayer no había niebla. Varios aldeanos hacían sus quehaceres cotidianos, todo parecía normal, excepto lo anormal que era el hecho de que estuvieran todos contaminados por una enfermedad jamás antes vista.
De repente, me encontré frente a una cabaña diferente al resto, pero no tan lujosa como la veintitrés. Tenía muchos faroles colgados en la pared de entrada y una puerta fabricada con grandes cristales gruesos. Pude leer un cartel medio viejo y tapado por la nieve que decía “Taberna”, simplemente eso. En su interior se podía ver bastante gente. -No está mal tomar un poco de alcohol a la mañana de vez en cuando-. Pensé. Entré, el calor era acogedor, los rostros de las personas giraron hacia mí observándome fijamente. Me acerqué a una especie de barra (solo tenía dos asientos, uno libre).
_ Buenos días, ¿Tiene cerveza? – pregunté. El viejo que atendía parecía de esos que siempre están de mal humor y te ven con cara de enojados.
_ ¿Qué es eso? – preguntó tras hacer un gesto de reproche con su boca.
_ Ya veo, no saben lo que es – murmuré levemente. – ¿Que me puede ofrecer de beber?
_ Vino o agua. – respondió. El otro hombre, sentado a mi lado me observaba lleno de curiosidad.
_ Veo que saben lo que es el vino. – pensé. – bien, sírvame un vaso de vino. El hombre tardó unos segundos en asimilar el pedido, su barba de candado parecía tener vida propia con cada movimiento que hacían sus labios. Finalmente, dio la vuelta y sirvió en un vaso viejo, vino de un gran barril.  Luego me lo alcanzó apoyándolo fuertemente sobre la mesada de la barra.
_ ¿Cuánto es? – pregunté buscando dinero en mi mochila.
_ Medio litro. – dijo el sujeto. Me quedé mirándolo sin entender. – Que medio litro tiene el vaso. – siguió. – ¿No me preguntó cuanto era? – Protestó. Al fin pude entenderlo.
_ Me refería al precio. – respondí con una sonrisa falsa. - ¿O acaso es gratis? – pregunté en forma de broma.
_ No, no es gratis. Está ahora en deuda conmigo. Yo le ofrecí vino, ¿qué me puede ofrecer usted? – era un trueque, rápidamente entendí que allí no utilizaban dinero, prácticamente no sabían lo que era. En ese sentido se veían beneficiados, sin la ambición del dinero, habría menos corrupción. Vivían de lo que cazaba, de lo que talaban, de lo que sembraban. Cada uno era dueño de lo que conseguía.
_ No tengo nada para ofrecerle ahora. – respondí. – Acabo de llegar al pueblo.
_ Entonces, ¿por qué viene, se sienta y pide vino? – protestó el dueño.
_ Discúlpeme, no sabía como se manejan aquí. Le prometo que le conseguiré algo a cambio. – en ese instante, el sujeto sentado a mi derecha levantó apenas la mano.
_ No te preocupes, yo me ocupo. – Expresó, cortando la conversación - Gabriel, te entregaré cuatro pescados por ese vaso. – el robusto hombre lo miró sin decir ni una palabra, hizo uno de sus frecuentes bufidos, como si de un toro se tratase, y siguió en lo suyo. Fue una forma tácita de aceptar.
Lo único que hice fue agradecerle, parecía un hombre calmo, de la misma edad que yo, su pelo era rubio pero muy cortito. Tenía ojos marrones y su ropa era bastante harapienta. Sin embargo, lo que más destacaba era un brazalete que llevaba enganchado en su brazo derecho, era de plata y estaba tan lustrado que deslumbraba los ojos del que lo miraba. Tenía varias líneas talladas en él. No entendí el significado de éstas, creí que solo eran decorativas. Creí...
A todo esto, no había probado el vino que tanta escena había provocado, tremenda decepción me llevé cuando me di cuenta que no tenía alcohol. Era diferente al vino del “mundo”. Simplemente parecía un jugo de uva.
_ ¿Quién le puso de nombre “vino” a esta bebida? – pregunté al hombre sentado a mi lado.
_ Vamos hombre, es como preguntarme quien le puso montaña a la montaña, ¡Yo que sé! – ambos reímos simultáneamente.
_ Es diferente al vino que hacen donde yo vivo. – expliqué. – el hombre dejó de sonreír como si estuviera mecanizado y miró fijamente a Gabriel, el hombre que atendía. Hubo un silencio que pareció durar eras. Luego, como por arte de magia, volvió a ser el mismo de antes, pero sin tocar el tema nuevamente.
_ Me gusta tu pulsera. – le dije. – mientras de a poco se rompía el hielo de la tensión del ambiente.
_ Gracias. Por cierto, mi nombre es Próspero Amigo. – tras decirlo me estrechó la mano. Quedé medio idiotizado por el nombre que me dijo, pero, por suerte, pude disimular mi confusión.
_ Ernesto Clímaco. – Me limité a responder. Le apreté fuerte la mano pero noté que él no lo hacía, apenas me sujetó. Lo cual me hizo desconfiar levemente de él, al menos, pude notar cierta soberbia en sus modales.
Estuvimos charlando de cosas poco importantes durante un buen rato y cada vez me caía peor. No encontré muchas razones, más teniendo en cuenta que fue quien me regaló este horrible vaso de “vino”. Simplemente, su forma de ser no coordinaba con la mía.
Entonces, luego de acabarse su bebida y saborearla como si fuera un manjar se puso de pie y se retiró mientras se despedía de todos. Era bastante popular y respetado por el resto.
Al cabo de un rato hice lo mismo. Traté de hacer pasar por mi garganta aquel horrible jugo de uvas para no ofender al camarero y luego salí de la taberna. No tenía nada que hacer, así que me dispuse a seguir caminando, hasta que vi el bosque detrás de todas las construcciones de los habitantes. Se hallaba, inmenso, natural e imponente con sus copas blancas. Los pinos predominaban. Me sentí atraído por él. Encendí un nuevo pucho y me adentré despacio, respetando al mismo, era tan grande que podría fusionarme para siempre con él si perdía de vista el pueblo a mis espaldas. El silencio allí era sospechoso, artificial, poco creíble. Sentí que me observaban, pero no ojos humanos, sino sentidos de la naturaleza. Los árboles quizás me veían como un intruso adentrándose en zona enemiga. Terminé de fumar el cigarrillo y me aseguré de que estuviera bien apagado, luego seguí caminando. La espesura del césped se hacía más pronunciada, por momentos me llegaba hasta las rodillas. Sentí un fuerte cambio de temperatura, como cuando entré por primera vez a Unmei, solo que esta vez, cambió el frío por el calor. Ya no había nieve en los pinos, y el ambiente era totalmente diferente, pero bastaba con mirar atrás para ver un paisaje específicamente opuesto. Era asombroso. Continué avanzando bastante más incómodo hasta que una mano se posó en mi hombro. Del susto caí al suelo.
 _ Perdón, no quise asustarse. – dijo una voz femenina con voz de lástima.
 _ No hay problema – respondí – estaba tan concentrado en la caminata que me diste un buen susto, además no te escuché en lo absoluto.  – me puse de pie y la observé. Era una chica de unos veintitantos, de cabello rubio como el sol y ojos celestes como el cielo. Sus mejillas tenían una leve tonalidad rojiza que la hacían más perfecta. Llevaba ropa sencilla que le quedaba muy bien, unos jeans claros y un buzo blanco como su piel. Los guantes de lana eran del mismo color que su pantalón. No me equivocaba al pensar que era la chica más hermosa que había visto en mi vida. Me quedé sin palabras.
 _ Ah ya veo, mi nombre es Rebeca…. Rebeca Nirmia. – dijo con voz suave como una fina tela. – nunca te vi en Unmei, ¿eres forastero? – Noté que tenía el acento más normal en provincias del interior del país. No usaba vos, usaba tú, no usaba el sos, usaba el eres. Con las otras personas no lo había notado porque hablamos siempre con formalidades como el “usted”.
_ Un gusto, mi nombre es Ernesto Clímaco y si, soy de otro sitio. – mientras le explicaba, le estreché la mano. En ese momento, ella soltó unas risas que no pudo contener.
_  Es un nombre bastante extraño, y más tu apellido. – musitó ella.
_  Decíselo a mi padre, él lo eligió. – le dije al tiempo que supuse que en el pueblo no habría ningún hombre con el mismo nombre que yo.
_ ¿Y como se llamaba él? – preguntó Rebeca de forma curiosa.
_ Ernesto – al oír mi respuesta, la joven chica largo unas carcajadas bastante descorteces pero entendibles. Supongo que no se esperaba esa respuesta.
_ Perdón, me pareció gracioso. Debe ser un nombre que le gustaba mucho a tus antepasados ¿no? – preguntó mientras se sacaba las lágrimas de sus ojos.
_ Supongo. Ahora que recuerdo, mi abuelo también se llamaba Ernesto. – Tras contarle aquello, estuvo cinco minutos riéndose.
_ Eres muy gracioso.
_ De donde yo vengo, Ernesto es un nombre común y corriente. Digamos que acá la gente tiene nombres extraños también. Recién conocí a un tipo llamado Próspero Amigo. – le expliqué.
_ Si, es raro, pero estoy acostumbrado a él. Los Amigo son una familia importante de Unmei. Son numerosos y siempre son los que consiguen más comida en las cacerías y pescas.
_ Ya veo. – espeté.
_ ¿Que te trae al bosque? - preguntó ella cambiando de tema.
_ Nada en realidad, me sentí atraído y quise explorar un poco.
_ ¿Buscabas la cueva? – Interrogó ella haciendo caso omiso a mi respuesta.
_ No… ni sabía que hay una…. ¿Realmente hay?
_ Según la leyenda del pueblo y su fundador. Aunque yo nunca la he visto, y eso que ando mucho por este bosque.
_ ¿Quién fue el fundador? ¿Qué leyenda es? Me encantaría que me la cuentes. – expresé, aunque luego me di cuenta que soné desesperado. Luego, recordé lo que el señor Gómez me dijo. Era imposible que ella recordara una leyenda así, las personas de aquí olvidan el pasado ¿verdad?
_ El fundador del pueblo es Nicolás León. – explicó y rápidamente recordé el papiro que Gómez había hallado. - No tengo problema en contártela, pero tendrá que ser en otro momento, mi padre necesita ayuda para la pesca, y como no tiene hijos varones, no me queda otra que hacer el trabajo. Me desocuparé al atardecer.
_ Creí que los ríos estarían congelados, con todo lo que nieva aquí…
_ Hay un río alejado donde la temperatura es completamente diferente a la de Unmei. La temperatura es como la de ahora, hasta hace calor, ¿puedes creerlo? ¿En verano? Los primeros cien metros del bosque son frío y nieve. Luego es todo lo contrario ¿Puedes creerlo? – preguntó, repitiendo las palabras.
_ La naturaleza es fascinante – me limité a responder. Entonces recordé el día anterior, cuando entré a Unmei, el brusco cambio climático, del calor sofocante al frío invernal.
_ La naturaleza no es fascinante, es mística, sabia y poderosa. – expresó ella.
_ Veo que también te gusta. – respondí.
_ Es la razón por la cual no me deprime este pequeño pueblo. El contexto. – Rebeca cambió luego de tema rápidamente. Debo irme, mi padre se pondrá furioso si llego tarde y empezará a gruñir. – expresó en tono de burla.
_ Muy bien, te esperaré. Me estoy hospedando en la cabaña cuarenta y seis del Señor Gómez.
_ Ah si, lo conocí el otro día. Hace poco que se vino a vivir aquí. – Comentó Rebeca. - En realidad, vive aquí desde antes que tú nacieras- . Pensé en mis adentros. Había algo contradictorio en ella. Con esta última frase comprobé que la fiebre del olvido le influía, pero… ¿Cómo recordaba una leyenda tan antigua? ¿Cómo sabía del fundador del pueblo? Quizás el señor Gómez tuviera la respuesta.
_ Bien, te espero. Hasta entonces. – le dije. Rebeca se dio vuelta y su rubia cabellera danzó. Luego se perdió en la espesura del bosque en dirección a Unmei. Me quedé un rato sentado ahí, fumando. Reorganizando mis ideas. En cuanto acabé mi pucho, me retiré.
Luego de recorrer cada rincón de la pequeña ciudad, volví a la cabaña. Era cerca del mediodía y un hambre mortal me había invadido. Al llegar, vi al Señor Gómez que se encontraba muy concentrado en su escritura. Cierto, a eso se dedica pensé.
_ ¿Cómo le ha ido en su ronda? – preguntó éste cuando me escuchó entrar.
_ Muy bien, la gente parece bastante amable. – respondí.
_ Eso lo dice porque no conoce a Don Adolfo. – confesó entre risas de burla.
_ No, ¿y ese quién es?
_ Un hombre mayor, descendiente directo de los fundadores del pueblo. Odia rotundamente a los forasteros. Cree que yo también soy de afuera.
_ Ya veo, entonces se molestará mucho cuando se entere de mi presencia. – consentí.
_ Seguramente, pero no le haga caso señor Ernesto. En mi opinión, está loco. – Gaspar largó unas risas para romper el hielo y yo se las acompañé.
_ Por cierto, mientras exploraba el bosque, conocí a una chica. Se llama Rebeca. ¿La conocés? – pregunté dejando de lado mi manera de hablar formal, aunque Gaspar seguía usándola.
_ Si, es hija de un pescador y nieta de Don Adolfo. – Me quedé helado, supongo que Gómez también, pero trató de explicarlo de manera tranquila. Por la definición de él, Rebeca y Don Adolfo eran totalmente distintos, aunque tuvieran la misma sangre. Ella me recibió con una sonrisa que haría arrodillarse a los reyes más ricos del mundo. Y según las descripciones, él odiaba a los que venían de afuera.
_ Cuantas coincidencias. – Fue lo único que se me ocurrió decir.
_ Es un pueblo chico. – expresó el hombre tras un suspiro. – Por cierto, ¿que hacía en el bosque? Debe tener usted cuidado con los lobos.
_  Nada, de repente sentí ganas de entrar en él. – Gaspar me miró por encima de sus anteojos fijamente. Como si no me creyera. – ¿Acaso creés que buscaba una cueva? – dije de manera suspicaz.
_  No entiendo a que se refiere Ernesto, sea más directo por favor. – refunfuño Gómez.
_  Hay una leyenda, dice que en el bosque hay una gran cueva. Pero al parecer, nadie la vio.
_ ¿De donde ha sacado esa historia?
_ Rebeca. Ella me la contó.
_ Imposible, esa chica no ha salido nunca de aquí. ¿Cómo puede recordar una leyenda antigua?
_ Ese es el misterio, recuerda la historia del pueblo, pero cree que usted vino a vivir aquí hace solo un mes, como el resto del pueblo. También me contó que ese tal Nicolás León fue el fundador de Unmei – el señor Gómez trago saliva. – Entonces da a entender dos opciones. O ella por alguna razón que desconoce mantiene ese recuerdo, pero para todo lo demás también está afectada por la fiebre del olvido o ella es inmune y no pierde la memoria. Esto último daría a entender que vos realmente viniste hace solo un mes.
_ ¿Me está tratando de mentiroso? - Preguntó él furioso.
_  No digo que estés inventando todo. Solo estoy creando hipótesis, no te enojes. Estoy estudiando el lugar y las cosas que aquí pasan, las cuales me parecen bastante ilógicas.
_ Recuerde esto Señor Clímaco - comentó Gaspar en tono serio, el ambiente se había vuelto hostil, la nieve de afuera parecía caer con más fuerza que nunca, mis sentidos estaban agudizados y mi instinto natural, que me advertía peligro, estaba en alerta rojo. Entonces, de su boca fría salió la siguiente frase “Su lógica es ilógica para nuestra lógica; y viceversa.” Por alguna razón quedé impactado ante aquel comentario, ese hombre tranquilo parecía haberse ido a otro planeta, y en su reemplazo, un alma completamente distinta había entrado en su cuerpo vacío para destilar aquella frase.
Luego de aquel inédito instante, Gómez se retiró excusando cansancio. Me quedé tomando unos mates y fumando un cigarrillo, no pude sacarme esa escena de la cabeza en toda la tarde.
Por suerte, durante gran parte del día no nevó. Decidí que me encargaría de cortar la leña al otro día, como forma de disculparme con Gaspar por sospechar de él. Mientras sus ronquidos invadían mis oídos al pasar por su habitación, me encerré en la mía y me puse a anotar unas cuantas pistas. La chica que había conocido en el bosque era importante, por alguna razón así lo creí. Pero ya tendría tiempo de hablar con ella cuando volviera de pescar. Así que me centré en la leyenda de la cueva, traté de vincularla con el papel que decía “la nieve del olvido y el secreto de la inmortalidad”. Gaspar no recordaba donde encontró aquellos manuscritos, ¿Podría haber sido en esa cueva? Lo anoté como una teoría.
Pasé toda la tarde estudiando aquella lengua. Sin éxito alguno.

El sol, tapado por las nubes, se había ocultado completamente. Luego de darme un reconfortante baño con agua calentada a fuego, me senté a esperar frente al fogón del pequeño comedor de la cabaña. Expliqué al Señor Gómez que había quedado con Rebeca.
_ Disculpá, fue muy maleducado de mi parte invitarla a su casa sin su permiso.
_ No, está bien. Soy un tipo solitario, de vez en cuando es lindo tener compañía. – explicó él. – estaré bañándome, si necesita algo avíseme.
_ Gracias.
Pasadas las nueve de la noche, escuché la puerta y me dirigí a abrirla. Rebeca esbozó una gran sonrisa al verme. La ropa que llevaba puesta estaba bastante sucia.
_  Discúlpame, se nos hizo tarde. Como verás, ni tiempo de bañarme he tenido. ¡Que horror!
_ No te preocupés, es una charla informal. Nada del otro mundo.
_ ¿Otro mundo? – preguntó ella sin entender.
_ Es una forma de decir. – expliqué. – quiero decir que no es nada fuera de lo normal. Hagamos de cuenta que es una prolongación de nuestra charla en el bosque. Como si no nos hubiésemos separados desde entonces – ¡ojalá!, pensé – así no nos sentimos incómodos. – tras escucharme, hizo una mueca con su rostro e inclinó la cabeza.
_ Eres bastante raro Ernesto. – tras decirlo, rió a carcajadas. – Y tienes una forma rara de hablar.
_ Ves, hoy también te reíste por mi rareza, vamos por el buen camino. Pasá, por favor.
_ Claro, mira, traje pescados. A menos que ya hayas cenado…
_ No, de hecho estaba viendo que preparar. – expliqué. – la verdad es que con la ansiedad de la charla me había olvidado completamente de cenar o de pensar que ella podría venir hambrienta. – me salvaste la noche, temía volver a comer la sopa del señor Gómez. – Fue un chiste agradable, y cada vez más seguido sentí la imperiosa necesidad de hacerla reír. Su sonrisa cavaba en lo más profundo de mi ser, y cuando desaparecía, me producía una abstinencia incomprensible. Sin dudas, si algún día la vería llorar, sería lo más triste que habría visto en mi vida.
Rebeca se ofreció a cocinar pero la convencí de que era mi obligación, de lo contrario, sería un golpe a mi honor. Ella lo entendió, recordándome lo raro que era, siempre con un tono amigable. Mientras preparaba la cena, empecé a charlar seriamente con ella.
_ Y bien, ¿viniste a contarme la leyenda de la cueva o no? – pregunté haciéndome el serio.
_ Claro, me distraje hablando tonterías. – tras decirlo, se dio algunos golpecitos en la cabeza. – bien, empezaré a contártela, al menos hasta donde se.
La historia nos sitúa muchos años atrás, en épocas coloniales, un enorme galeón llamado el “Rojo carmesí” arribó en tierras americanas. Su capitán era un adinerado conde español que pasó toda su infancia en Japón. Su barco constaba de una gran cantidad de hombres fuertes y ambiciosos. Todos con un único propósito: el oro. Según cuenta la leyenda – prosiguió ella, como si se avecinara la parte más interesante – su vida cambió rotundamente cuando llegó a este valle.
_ Espera un minuto – intervine. – ¿Vos sabés que más allá de Unmei hay todo un mundo y otras civilizaciones? – pregunté consternado, era totalmente contrario a lo que me había dicho el Señor Gómez.
_ Si, por alguna razón lo se – dijo ella. – pero lo mantengo oculto a todos los habitantes, incluso a mi padre. De lo contrario, todas sus creencias y formas de ver el mundo se derrumbarían, provocando caos en Unmei. O me tratarían de loca ja ja ja – respondió Rebeca. Todo se volvía más confuso, ella no estaba infectada por la enfermedad del olvido, no habían dudas. Pero Rebeca dijo que Gaspar llegó hace solo un mes. Algo no concordaba.
_ Seguiré con la historia. – continuó Rebeca.
Como decía, su vida cambió mucho al conocer este valle. Masacraron a miles de aborígenes y les arrebataron el oro. Avanzaron en Argentina, siempre con el consentimiento de la corona española. Nicolás León, el capitán de esta pequeña horda de doscientos hombres, quedó impresionado y maravillado por esta montaña. Oculta por una manta blanca y opuesta al calor del lugar donde él se encontraba, decidió adentrarse en ella. Sus seguidores desconfiaron de su cordura, pocos lo siguieron. De los doscientos, solo quedaron unos cincuenta. El resto, satisfecho con el oro robado, decidió apropiarse del “Rojo carmesí”.
Poco le importó al terco Nicolás, que sintió que su vida se basaba en llegar a este mágico lugar. – Similar a lo que me sucedió en el bosque esta mañana – pensé.- No conozco la historia en profundidad, pero una vez que arribaron al lugar que ahora es conocido como Unmei, no encontraron ninguna civilización. Solo un llano, una fría nieve sobre sus cabezas y el bosque a lo lejos. Nicolás León decidió no volver jamás a España. Había encontrado su hogar. Sus seguidores lo trataron de loco, pero ya no había vuelta atrás. El barco había sido arrebatado y su líder no pensaba mover un pie de ese lugar, por lo que no tenían ni el coraje ni la voluntad de escapar. De esta manera tan rara, se fundó este pueblo, que, estando tan escondido, jamás fue encontrado por ningún conquistador, que solo veían la montaña a lo lejos, como un pedazo de roca sin vida humana a la que robar y asesinar.
_ ¿Que hay de los que volvieron a su país, no contaron del lugar? – pregunté.
_ No, el Rojo Carmesí, apareció cierto día en el río de este pueblo, aquel al que fui a pescar esta tarde, con todos sus tripulantes muertos.
_ Increíble, fascinante – respondí. – Ahora contame sobre la cueva, por favor.
_ Cierto, la cueva – comentó Rebeca. – lo único que se de ese lugar es que Nicolás León la encontró en el bosque, y nunca volvió a salir de ella. Solo apareció un pergamino que decía “El secreto de la inmortalidad y la nieve del olvido” y varios manuscritos escritos en una lengua creada por él.- El pergamino que tiene Gómez – pensé. - ¿Por alguna razón conocés ese idioma que creó Nicolás? – pregunté lleno de entusiasmo.
_ No se, quizás si lo leo lo recuerdo. – dijo ella mientras se encogía de hombros. Sin embargo, decidí no contarle que esos manuscritos estaban en mi habitación. Recordé lo que me dijo Gaspar, si los viejos líderes del lugar se enteran, él podría estar en problemas.
_ Ya veo, habrá que buscarlos entonces.
_ Serían muy interesantes, sin dudas. – respondió Rebeca con entusiasmo.
_ También trataré de encontrar esa cueva.
_ Llevo quince años buscándola – respondió ella algo frustrada.
_ Y quizás Nicolás león la encontró en un día. -  Respondí más optimista. Rebeca sonrió cuando lo dije.
_ Bien, basta de charlas. A comer. – llamé también al Señor Gómez, que estaba en el comedor leyendo o escribiendo.

Pasado un rato después de la cena, Rebeca, con una cara de sueño terrible, se disculpó y se retiró del lugar. Sin dudas estaba agotada por el día de trabajo.
_ La próxima, también iré a pescar. – le dije.
_ Claro, te enseñaré Ernesto Clímaco – respondió ella mientras se reía y se alejaba.
_ Es una promesa – respondí.
_ Es una promesa – respondió; y finalmente desapareció en la noche.
Volví a entrar en la cabaña, allí estaba Gaspar Gómez ansioso por saber de que habíamos charlado.  
            _ Mañana te contaré de qué hablé con la nieta de Don Adolfo. – expresé mientras bostezaba.
            _ Me parece lo mejor – suspiró Gómez.

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