Nieve de verano [Capítulo 3]


3

En la tercera mañana, durante mi estadía en Unmei, llovió. Esta vez fue opuesto al primer día. Cuando esperaba la nieve, la lluvia se hizo presente. Supongo que ese día la temperatura no llegaba a cero grados. Pero me resultó peculiar. Aún así, el virus que se transmitía a través de la nieve duraba mucho tiempo en las personas, por lo que un día de aguacero no cortaba ni curaba la enfermedad. A esa conclusión había llegado.
Me dirigí a la cocina donde se hallaba Gaspar Gómez. Siempre se despertaba antes que yo.
_ Hoy no habrá leña que cortar – dijo – llueve a cántaros.
_ Si, de todos modos queda bastante, ayer cortaste mucha. – respondí.
_ Siempre hay que tener precauciones – expresó mientras tomaba su te matutino.
_ ¿Te molesta si me preparo el mate? – pregunté.
_ Para nada, adelante.
Durante el desayuno extrañé mucho un diario que leer o escribir. M trabajo de periodista me mantenía constantemente pegado a esas tareas. Aparte, era una buena forma de matar el aburrimiento, aunque también me sentía relajado al no tener el stress de las presiones de los jefes o del gobierno y su censura. Así que decidí olvidarme, vaya ironía, de mi trabajo fuera de Unmei.
Cerca del mediodía unos golpazos a través de la puerta resonaron en toda la pequeña cabaña. Gómez se apresuró en atender excusándose que la persona que estaba afuera, se estaría empapando. Abrió la puerta rápidamente y su cara explicó lo que significaba estar sorprendido. Tres hombres grandotes entraron de golpe, uno lo tumbó en el suelo de un golpe con un palo de madera. Los otros dos se dirigieron hacia donde yo me encontraba sentado. Me puse de pie inmediatamente sin entender la situación.
_ ¿Qué sucede? ¿Por qué lo golpearon? – pregunté enojado, listo para defenderme.
_ No tienes derecho a hablar intruso, tampoco él. – y señaló al pobre Gaspar que se hallaba sangrando por su cabeza tirado en el piso de madera.
_ ¿Intruso? – sabía que esta gente aborrecía a los forasteros, pero… ¿era para tanto?
_ Silencio, vienes con nosotros. – gritó uno. No pude reconocer sus caras, se encontraban cubiertos con capuchas debido a la lluvia. Lo último que recuerdo de ese acontecimiento fue un certero golpe en mi frente, luego, todo oscuro.

Desperté en una pequeña habitación. Por la escasa luz que emanaba de la ventana cubierta de barrotes, deduje que estaba anocheciendo. Había estado desmayado muchas horas. Probablemente el señor Gómez también, aunque no se encontraba en mi habitación. Estaba oscuro y cada vez se veía menos. Observé a mí alrededor, en la penumbra me di cuenta de que estaba completamente solo, acompañado de esa triste ventana rejada y una puerta que estaba cerrada con llave. No estaba atado, no era necesario, escapar de allí era imposible.  Aún me encontraba mareado, y decidí sentarme a esperar ser dueño de mi visión. Quizás el mareo continuaría varias horas más, pero al menos confiaba en que mis pupilas se acostumbraran al oscuro ambiente que me rodeada. 
 Al cabo de un rato, mientras el frío me invadía completamente, la puerta se abrió. La luz que se filtró en aquel efímero momento me impidió ver el rostro de la persona que me hablaba.
_ ¿De donde vienes intruso? – preguntó con voz áspera, decrépita y salvaje.
_ De Buenos Aires. – respondí con una voz más cobarde de lo que hubiera deseado.
_ No hay mejor aire que en Unmei, estúpido. – respondió.  Claramente no sabía que me refería a una ciudad. – Afuera del valle está la nada, el infierno de donde provienes criatura disfrazada de persona. Quieres arrebatarnos nuestras tierras.
_ ¿De que está hablando señor? – pregunté tras escuchar sus ignorantes frases.
_ Tu vienes de otro mundo, tu no eres del valle. – respondió.  – tras escucharlo, me irrité.
_ Más allá de este pueblo hay todo un mundo. Mil veces más grande que esta diminuta localidad. – expresé mientras aumentaba el tono de mi voz y la cobardía moría dentro mío.  – ¿por qué no se animan a salir de las montañas?, así sabrán que lo que digo es cierto.
_ Silencio. Solo nos quieres guiar a la muerte. No confiaremos en algo o alguien que viene de la nada misma. Será al revés. Nosotros te guiaremos a tu inevitable destino. – luego de acostumbrarme a la luz que emanaba de la entrada, pude distinguir el rostro del viejo. Arrugas en la frente y ojos como flechas. Una barba larga que le tapaba el cuello y una calvicie en su cabeza, vacía como sus recuerdos
_ ¿Qué hicieron con Gaspar Gómez? – pregunté demostrándole cierta indiferencia.
_ El otro intruso será ejecutado también. Juro por mi nombre, Adolfo Nirmia, que ustedes no sembraran anarquía ni pánico en el pueblo. – tras decir sus apocalípticas frases, cerró de un portazo.                      Ese fue mi primer encuentro con el famoso Adolfo Nirmia, el anciano del que me había hablado Gómez. Nuevamente me quedé acompañado de la oscuridad y de mis pensamientos. Todo se había complicado el triple de un momento para el otro. Seríamos asesinados por unos locos que creían que éramos intrusos malvados. ¡Que estúpido sonaba todo! Pero tenía que hacer algo. Rebeca, había mostrado gentileza conmigo y también sabía del “verdadero” mundo que hay fuera. Ella hablaría con su abuelo, al menos era la única esperanza que nos quedaba a Gómez y a mi.
La soledad me asustaba y el tiempo volaba literalmente. No sabía que hacer, las horas, los minutos, los segundos; todo pasaba a velocidades deslumbrantes. El pánico entraba en mi cabeza y derrotaba mi calma. De repente, escuché un golpe en la pared de madera.
_ Señor Clímaco, ¿está usted ahí? – preguntó Gaspar Gómez suavemente. Quizás recién se levantaba de su inconciencia a causa del golpe, quizás también había sido visitado por Adolfo y sus tétricos mandamientos.
_ Si, aquí estoy – respondí despacio, no quería que los guardias nos escucharan. A través de las paredes de madera se podía oír nítidamente.
_ Me alegro que esté usted bien – continuó. – ¿Ya recibió la visita del amigable abuelo de Rebeca?
_ Si, realmente odia a los forasteros. Nos van a matar. Pero Señor Gómez…. ¿Qué usted no estaba aquí hace un mes según sus memorias? ¿Por qué decidieron apresarlo recién hoy?
_ Tampoco lo sé Ernesto, pero supongo que me estuvieron estudiando como un espécimen que vino del más allá, fingieron ignorarme o dejarme vivir aquí, pero cuando usted llegó habrán pensado que ya era una invasión. Que planeábamos algo contra Unmei.
_ Entonces es mi culpa, perdón.
_ No, está gente está enferma y asustada, no se llene de remordimientos. – Gaspar trató de consolarme, pero era inútil. Claramente mi llegada al lugar alimentó la paranoia de un pueblo enfermo de olvido, prejuicio y creencias.
_ Señor Gómez, lo sacaré de aquí sano y salvo, aunque Unmei tenga que arder. Se lo prometo.
_ No diga incoherencias por favor, estamos sentenciados. – el pesimismo de Gaspar alimentó mi optimismo. Di un rugido al aire y comencé a golpear la madera que daba a la salida de la choza con todas mis fuerzas.
_ Romperé esta pared y luego la de usted. Después escaparemos. – al escuchar los terribles gritos y puñetazos, los guardias entraron a mi “cárcel”, si así se podía denominar esa habitación improvisada.
_ Idiota, ¿que crees que haces?
_ Es obvio, trato de escapar. – contesté con tono irónico. Ellos se acercaron y me dieron fuertes patadas en el estómago para que me detenga. En contra de mi voluntad, lo hice.
_ Así está mejor. – dijo uno mientras cerraba la puerta.
_ Seguiré golpeando hasta romperla, de todos modos, ya estoy muerto. – grité para que escucharan y se enojen. Volvieron a entrar y me golpearon nuevamente. Gómez, aullaba desde la otra habitación para que me detenga, pero era imposible. Estaba fuera de mi eje, luchando con mi instinto de vivir, no con mis pensamientos.
Me dolía todo el cuerpo, me sangraba la nariz y la boca, pero seguía insistiendo. La madera era más dura de lo que creía y ni siquiera amagaba con romperse, además del hecho de que soy un hombre débil que nunca se destacó por su fuerza de brazos. Los hombres que entraban, me golpeaban, y salían, se cansaron finalmente y me ataron. Ya no pude hacer más nada. Estaba físicamente rendido, pero espiritualmente más fuerte que nunca.
_ Ernesto, ¿se encuentra bien? – preguntó Gómez lleno de miedo. – es mi culpa por haberlo traído a este pueblo lleno de ignorantes y extraños.
_ Descuide – respondí. – hubiera recibido un castigo mucho peor en mi ciudad, era un periodista que no decía lo que tenía que decir. – confesé.
El silencio reinó durante un par de horas. No nos daban ni agua ni comida. Y el frío tiñó mis labios de un azul cielo y mi piel de un blanco como la barba de Adolfo. Cada tanto intercambiábamos frases con Gaspar para asegurarnos de que ninguno estuviera muerto o cayera desmayado por el hambre, el frío y la sed.

Perdí la cuenta de cuanto tiempo pasé desmayado cuando me golpearon, así que diré que era la mañana del cuarto día o quinto en Unmei. Tumbado en el suelo y atado de pies y manos, observaba, a través de la pequeña ventana con barrotes, la nieve que caía en un nuevo día. Esa crema blanca, fría, sin sentimientos, que contaminaba cada vez más a aquella gente sin que se diera cuenta, con el propósito de reinar sobre ellos y que nunca salieran del valle. Harto de pensar en mi muerte, comencé a recordar todo lo sucedido desde mi llegada, las cosas sobrenaturales que me habían contado como la fiebre del olvido, el verano frío, la cueva en el bosque, el pergamino indescifrable y su secreto de la inmortalidad, la mente atrofiada de estas personas, Rebeca. Sin dudas ella era paranormal, era el sol que brillaba en el pueblo nublado, el espíritu que hizo que todo este sufrimiento valiera la pena. Durante aquel lapso de tiempo en que mi mente se hallaba en órbita, olvidé la realidad.
Desperté de golpe cuando la puerta se abrió, parecía tener vida propia por momentos. Los hombres a cargo de mi custodia me desataron la soga de mis pies y me obligaron a pararme. Luego, a los empujones, salí del cuarto oscuro.
_ ¿Ya es hora de mi muerte? – murmuré entre signos de interrogación.
_ No, Don Adolfo quiere hablar contigo. – la hostil respuesta me animó un poco, al menos por dentro. Por fuera era el mismo intento de persona, lleno de sangre coagulada, moretones en todo el cuerpo y labios azulados.
 Me llevaron por un pasillo largo que daba a diversas habitaciones. En ese momento me di cuenta que estaba alojado en la casa principal de Unmei, la más grande de todas. Donde, por un lado vivían lujosamente Adolfo, Rebeca y su padre; y por el otro padecíamos Gaspar y yo. A pesar de ser solo unos metros me costó mucho llegar, tenía las piernas doloridas por los golpes y falta de energía. Finalmente arribamos a la última sala de la casa. Sin dudas, la más lujosa, rodeada de velas, paredes hermosamente decoradas de rojo y una mesa en el centro con un mantel blanco encima. Allí sentado estaba Adolfo, con su mirada penetrante, intentando ver más allá de mis ojos, buscando dentro de mí la respuesta a quién era realmente.
_ Siéntenlo – ordenó a los muchachos que me acompañaban. Luego del procedimiento, nos dejaron solos. Estaba cara a cara con aquel anciano. Había un vaso de agua, estiré mis manos atadas y lo agarré como pude. Bebí la mitad, el resto se derrochó hasta llegar a mi pecho.
_ Ahora que tomó agua podrá hablar. – explicó con tono tajante. No respondí nada, simplemente lo dejé proseguir. – estuvimos investigando sus cosas, en realidad, toda la cabaña cuarenta y seis. ¿Le sugiere algo?
_ No, seguramente habrán destruido mis cosas – contesté, y luego me acordé en un instante del pergamino y los escritos. Mi cara de preocupación me delató.
_ ¡Ajam! Se acordó – gritó Adolfo con tono triunfante. Abrió un cajón a su derecha y los sacó arrojándolos sobre la mesa. Supongo que me dirá que es esto ¿no? – preguntó con tono amenazante.
_ ¿Dónde está Rebeca? – pregunté cambiando de tema. Quería saber si ella se había enterado de que yo tenía en mi posesión los pergaminos de Nicolás León.
_ ¡Que le importa a usted! – gritó dando un fuerte manotazo a la mesa. – Conteste mi pregunta. Aquí se puede leer “La nieve del olvido y el secreto de la inmortalidad”. Luego está este papiro lleno de ralladuras que no están escritas en el idioma universal. – denominaban así al español puesto que era el único idioma que conocían en su “mundo”. - ¿Son de usted? ¿Son del otro hombre?
_ ¿Se los ha mostrado a su nieta? - Pregunté tercamente.
_ Eres un fastidio demonio, no, no se lo he mostrado. ¿Contento? Ahora responda mi maldita pregunta. – el viejo era un cascarrabias que se enojaba fácilmente, y por alguna razón, disfrutaba agotándole su paciencia. Así no era yo el único que sufría.
_ No son míos ni de Gómez. - Respondí.
_ ¿Entonces? – el ambiente estaba picante.
_ Son de Nicolás León. – respondí harto de tantas preguntas.
_ ¿Ese quién es? ¿Otro forastero? ¡Esto es una invasión del más allá! – exclamó como si fuera una obra teatral barata.
_ Él es el creador de Unmei. Usted es el líder de esta civilización, sin embargo no sabe nada del pasado de ésta. Ni como se fundó, ni de las leyendas sobre el lugar. – Finalmente largué todo, basta de secretos.
_ ¿Y viene a decírmelo alguien del más allá?
_ No me crea si no quiere. Yo le conté la verdad. Llame a Rebeca, ella es la clave. – sugerí displicentemente.
            La habitación estaba oscura, nuestras miradas chocaban constantemente mientras esperábamos la llegada de su nieta, a quien había aceptado, luego de tanto pensar, llamarla. Finalmente, ella entró de manera precipitada, corriendo a los hombres que la custodiaban. Al observarme, puso una cara de espanto que me asustó.
            _ ¿He quedado más feo de lo que era? – le pregunté mientras ella no me despegaba la vista de encima. Luego se acercó.
            _ ¡¿Que te hicieron!? Me fui de caza con mi padre un día, vuelvo y te encuentro todo golpeado y helado.
            _ Y hambriento – adherí. Rebeca sonrió levemente y luego apuntó su mirada a su abuelo. Adolfo miraba fijamente la escena, listo para averiguar todo lo que pudiese.
            _ ¡Que le hiciste abuelo! – exclamó finalmente.
            _ Es un intruso, quiere arruinar nuestro mundo.
            _ Basta de estupideces. – gritó Rebeca. – Más allá hay todo un mundo, ciudades mil veces más grandes, gran cantidad de idiomas y culturas, ¡el mundo no termina en este valle! ¿Quien les metió esa idea en la cabeza?
            _ ¿Que bicho te picó? – preguntó el anciano protestando. – es la lógica del mundo, ya está establecido. Nadie lo inventó.
            _ ¿Entonces de donde viene él? – preguntó ella mientras me señalaba con el dedo.
            _ No lo sé, por eso lo tenemos capturado y estamos tratando de sacarle información. Por eso estudiamos un mes entero los movimientos del otro intruso. Y el proyecto dio resultados. – comentó Adolfo.
            _ ¿Que dio resultados? Solo te estás basando en creencias y teorías.
            _ Entonces…. ¿Qué es esto? – el viejo hombre estiró la mano y levantó los pergaminos de la mesa. Luego se los entregó a Rebeca que los leyó detenidamente. Ella empezó a deletrear en voz alta, cada vez más pausadamente, cada vez con los ojos más abiertos, cada vez con el espíritu más excitado.
            _ “La nieve del olvido y el secreto de la inmortalidad” por Nicolás León. – gritó ella. ¡Por fin lo encuentro!
            _ ¿Lo conoces? ¿Lo estabas buscando? Rebeca, no entiendo nada y quiero que me expliques ahora. – protestó el anciano.
            _ Esto lo anotó Nicolás León, el fundador de Unmei. – A todo esto, yo era un espectador de lujo, pero tras la última frase de Rebeca, el anciano giró sus ojos aguileños a los míos.
            _ Usted también dijo esto. Debe estar manipulándola para que diga lo que usted quiera. – refunfuñó Adolfo.
            _ De hecho, ella sabía la historia y fue quien me la contó a mí. – contesté. El viejo desvió nuevamente su mirada, parecía estar enloqueciendo.
            _ ¿Es verdad? – preguntó a su nieta.
            _ Si, por alguna razón se cosas que el resto de ustedes no. Conozco mucho sobre la vida más allá de las montañas, conozco el nombre del fundador del pueblo y un poco de su historia. También las leyendas existentes sobre este lugar.
            _ ¿Me contarás todo lo que sabes? – preguntó él cambiando de tono.
            _ Puede ser bastante duro, cambiará completamente tu forma de ver el mundo. Te costará puesto que has vivido con estas creencias toda tu vida, abuelo.
            _ No importa, quiero saberlo todo. Luego determinaré si lo mejor es contárselo al resto de los vecinos.
            _ Bien, pero primero te ocuparás de Ernesto y su amigo. Los curarán y les darán de comer. También me llevaré estos manuscritos para tratar de descifrarlos. – tras oír las condiciones de Rebeca, Adolfo dudó unos segundos, me miró fijamente y finalmente aceptó. Dio la orden a los guardias de liberarme y también al Señor Gómez.
            Cuando llegaron a su habitación, Gaspar Gómez, escritor frustrado, esposo de una mujer asesinada, se hallaba tirado boca arriba, sin respirar.

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