Los devastadores

Nuevo cuento, espero que les guste.

Los devastadores


La calma del césped se dispersaba, las pisadas producían vibraciones y advertencias. Su tranquilidad se terminó. En ese mismo momento, se observaron el uno al otro sigilosamente y se prepararon para ocultarse o correr. Los  devastadores volvieron a aparecer. Cuanto más se acercaban, más miedo expandieron en la zona.  Ellos, precavidos y con conocimientos sobre éstos, trataron de impedir sentirse intimidados. La tensión hizo que el aire sofocara y el sudor sea helado, los árboles caían uno tras otro por el gran poder de los inmensos seres. Cada vez se acercaban más, era correr o morir. Se tomaron de la mano y sin hacer gesto alguno se movieron a cuanto sus cuerpos pudieran. Los devastadores no se percataron de ellos, quizás buscaban una presa más apetitosa.
¿Qué son estos seres sin corazón? ¿Sin lástima ni pudor? Seguro todas esas preguntas surgieron en ellos en cada segundo que respiraban la maldad de la otra raza. Más alejados del peligro, en un bosque más profundo, se relajaron. Bebieron agua del río, comieron algunas manzanas de un amable árbol y se abrazaron fuertemente. El frío de un invierno más azul que otros los separaba, por eso trataron de estar juntos, para transmitir calor vivo, de un ser que respira y siente a otro que hace lo mismo. La noche pasó como lo hacen las tormentas y todos los fenómenos naturales. ¿Serían aquellos devastadores fenómenos naturales? ¿Cómo podían existir tales criaturas? Mataron humanos, monos, perros, árboles, todo tipo de ser vivo que se entrometiese en su camino y ambiciones. Definitivamente eran algo más allá de su comprensión.
Al artificial calor del mediodía de invierno siguieron en su huída, aquel bosque no tardaría en ser devorado. Las montañas, más frías y egoístas, los esperaba. Siguiendo los rastros que sus camaradas les dejaron, sabían que tenían que dirigirse allí, para al menos fingir estar a salvo en un grupo más numeroso. Siendo buenos trepadores no significaba mayor problema el hecho de escalar una roca gigante. El problema era encontrar comida y agua en ese árido y frío hábitat al que fueron obligados a esconderse.
La tarde se fue tan rápido como alguien asustado, el firmamento se escondió tras las montañas, quizás él también estuviese huyendo de los devastadores. En la noche, hambrientos y temblorosos por los bajos grados, encontraron a los de su especie. Muertos, aniquilados sin piedad, jóvenes, adultos, ancianos, incluso el líder que los guió por mucho tiempo. Ella se sintió desesperada, con varios gritos los amarraba de un lado a otro como si estuviesen en un profundo sueño utópico donde, quizás al fin, estaban a salvo. Se dio cuenta que era mejor dejarlos allí a traerlos de vuelta al crudo mundo real. Él, sin embargo, se mostró más tranquilo, quizás tenía que actuar de esa manera para darle un grano de esperanza a su compañera de viaje, de huída, a un destino incierto. El hambre provocó deseos de canibalismo, aún así los rechazaron inmediatamente. Ya alejados, empezaron a bajar la montaña que atravesaron durante varios días. Un llano los esperaba pacientemente. Entraron en él, el suelo arenoso hacía más pesado su caminar. Ella, ya rendida, se desplomó. Naturalmente, él la ayudo a levantarse, sus largos brazos, ahora flacos y con menos pelos, apenas podían sostenerla.
            El temblor nuevamente sacudió el calmo piso. Ellos estaban cerca. Los pobres simios trataron de acelerar el paso, pero fue imposible escapar. De un tamaño exorbitante, los devastadores ni se percataron de la existencia de dos pequeños orates en medio de un desierto. Luego de arrasarlos, siguieron su camino como si nada hubiera ocurrido.
            Entre arena y polvo, ella se conmovió. Se encontraba en un pequeño pozo de arena que le había salvado la vida. El simio, que lo había cavado a toda velocidad segundos antes, la abrazaba fuertemente dando su espalda al cielo, cubriéndola de los gigantes y pesados seres, como un ave protege su nido. Con todos los huesos rotos, sus miembros seguían sujetándola como una dura cadena. Cuando sintió que el peligro abandonó la zona, al escuchar el repugnante sonido y dejar de percibir el olor a petróleo que producían esos titanes, él la soltó. La hembra lo corrió a un lado, salió del pequeño hueco, se puso de pie y lo recostó. Ya estaba muerto, había sido algo instantáneo.
            El invierno pasó junto al tiempo, como una pareja inseparable, al igual que ellos. La pobre gorila sobreviviente se quedó a su lado, aguantando tempestades de arena, lluvia, frío y profundas tristezas. Esperando ese cálido verano utópico en el que, tarde o temprano, se encontraría con él y con todos sus relativos muertos.

1 comentarios:

SeñorBerns 13 de marzo de 2011, 0:04  

Me gustó mcuho Andi, tiene un aire a las temáticas que yo toco pero con más palabras jeje

Un saludo!

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